Alice Collins dirige la cadena de restaurantes de su familia en el sur de Texas y necesita un golpe de efecto publicitario que frene la caída de las ventas.
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Alice Collins dirige la cadena de restaurantes de su familia en el sur de Texas y necesita un golpe de efecto publicitario que frene la caída de las ventas. La solución llega en forma de jingle: contrata a Hot Check, una banda de rock de Austin cuya compositora y vocalista, Ricky Conrad, tiene una voz áspera e inconfundible y una presencia difícil de ignorar. Alice se ha propuesto no mezclar el trabajo con el deseo, pero cada encuentro con Ricky le complica el propósito. Una novela romántica de tono cálido y desenfadado sobre la atracción entre dos mujeres que se mueven en mundos opuestos: la disciplina corporativa y la vida de escenario.
El negocio no va bien y Alice Collins lo sabe antes incluso de terminar de leer las facturas. A sus veintiocho años lleva la dirección de la cadena de restaurantes de Collins Enterprises con la presión añadida de ser la hija del dueño: los socios veteranos le miden cada error y su padre, que aún no se ha jubilado, convierte cada videoconferencia en un examen. Con las ventas cayendo y un presupuesto publicitario que no admite improvisaciones, Alice apuesta por una idea sencilla y arriesgada: encargar una sintonía a un grupo de rock de Austin, los Hot Check, que ya multiplicó las ventas de otra marca con un jingle que sonó en todas las radios.
La negociación con Joe Langley, el representante de la banda, transcurre sin sobresaltos hasta que Alice descubre que quien escribe y canta todo el material no es el hombre que ella daba por hecho, sino una mujer. Aquella misma semana acude a un local abarrotado para conocerla y se encuentra con Ricky Conrad sobre el escenario: rubia, empapada de sudor bajo las luces, con una guitarra de madera veteada y una voz grave y rasposa que le pone la piel de gallina. La reunión de trabajo termina siendo otra cosa. Se sostienen la mirada más tiempo del razonable, y cuando Alice sale del aparcamiento se queda veinte minutos dentro del coche escuchando la música que se filtra desde dentro.
A partir de ahí, la novela avanza sobre una tensión que ninguna de las dos se atreve a nombrar del todo. Ricky aparece por sorpresa en uno de los restaurantes para «documentarse» antes de escribir; comen juntas en el local del Riverwalk y hablan de música, de la banda como una familia de cuatro personas, de las reglas no escritas que las mantienen unidas, y de la decisión que Ricky lleva un año postergando: hacer pública su orientación sexual y asumir lo que eso puede costarle al grupo. Alice, que en la universidad aprendió a priorizar los objetivos por encima del deseo y que evita las relaciones porque exigen un tiempo que no tiene, se descubre inventando excusas para alargar cada encuentro.
El jingle funciona —las ganancias suben más de lo previsto, el padre de Alice llama para felicitarla— y con el encargo cerrado desaparece también el pretexto para volver a verse. Una promesa incumplida de viajar a Austin, una avería en un restaurante y una tormenta en el valle bastan para que el asunto parezca zanjado, hasta que el azar las reúne de nuevo en una cena benéfica de gala, entre amigas, esmóquines blancos y miradas que ya no admiten equívoco.
Ambientada entre San Antonio y Austin, con un reparto secundario de amigas mordaces —Dora la detective, Marge, la abogada Lola y la inmobiliaria Christine— que aportan buena parte del humor, esta es una historia de deseo contenido, ambición profesional y el momento exacto en que dejar de ser prudente empieza a parecer la única opción sensata. Edición en español con traducción de Carolina E. Broner Groisman.
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