En un hotel de cuatro estrellas del centro de Barcelona, cada puerta esconde una idea distinta del amor: la pareja que busca reconciliarse, la que se rompe, quien lo compra por horas y quien ha decidido dejar de sentir.
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En un hotel de cuatro estrellas del centro de Barcelona, cada puerta esconde una idea distinta del amor: la pareja que busca reconciliarse, la que se rompe, quien lo compra por horas y quien ha decidido dejar de sentir. Check-in, de Dan Pastor, es una novela coral que sigue a un puñado de huéspedes durante una noche y una mañana, y que va revelando que esos mundos aislados están mucho más conectados de lo que sus protagonistas sospechan.
Hay una palabra que reúne a todos los personajes de esta novela en el mismo sitio, aunque ninguno lo sepa: check-in. Con ese gesto administrativo —una firma, una llave, un número de habitación— arranca Dan Pastor un retrato coral del amor contemporáneo levantado sobre la planta de un hotel de cuatro estrellas en el centro de Barcelona.
La estructura del libro es también su mapa. Los capítulos no llevan título, llevan matrícula: B-220, B-314, B-320, B-221, B-315… y, al final, los dos espacios donde las vidas separadas se rozan sin remedio, el comedor y la recepción. Cada número abre una intimidad distinta y se cierra sobre ella. El efecto es el de recorrer un pasillo escuchando a través de los tabiques: lo que en una habitación es reconciliación, en la contigua es ruido molesto; lo que para unos es una noche decisiva, para otros es solo la pareja de al lado que no deja dormir.
El relato lo enmarca la voz de un camarero del turno de desayunos, licenciado en Derecho, que sirve cafés mientras calcula con precisión de opositor la indemnización que le correspondería si lo despidieran. Su monólogo introduce el tono del conjunto: irónico, algo desencantado, atento a la letra pequeña de la vida laboral —contratos temporales, prácticas mal pagadas, oposiciones congeladas— y adiestrado en la consigna del oficio, «ver, oír y callar». Desde esa posición de observador obligado al silencio, presenta a los huéspedes como lo que son para él: historias que entran de una manera y salen de otra.
Entre ellas asoman un matrimonio de profesores de instituto que se ha dado unos meses de aire y se reencuentra para una cena y una habitación reservada, con la hija de veinte años llamando por teléfono desde fuera y el pasado negociándose entre risas, reproches y una idea distinta de lo que significa modernizarse; un ejecutivo que se hospeda en un sitio por debajo de sus costumbres solo para esquivar a la prensa antes de una reunión de negocios en domingo; una pareja joven al otro lado del tabique; y varias figuras más que el prólogo anuncia como un príncipe azul imposible que aparece de madrugada y una antigua princesa que ha decidido apartar los sentimientos.
Pastor no propone una tesis sobre el amor, sino un inventario de sus formas: el que se encuentra y se pierde, el que no se reconoce, el que se paga, el que se vive bajo techos separados, el que se lleva como una cadena y el que, una vez liberado, se echa de menos. El registro alterna la comedia costumbrista, el diálogo de filo afilado —especialmente en las discusiones de pareja, donde cada réplica es a la vez chiste y herida— y una franqueza sexual sin eufemismos.
El resultado es una novela de habitaciones comunicadas, más urbana que romántica, donde Barcelona funciona como el gran argumento de fondo: la ciudad donde nadie conoce a nadie y donde, precisamente por eso, cualquier encuentro puede acabar importando. Lectura recomendable para quien disfrute de las historias cruzadas, del humor con poso amargo y de los retratos generacionales escritos desde el lado de acá del mostrador.