En una Inglaterra donde la ley regula quién puede insuflar vida a la materia, un ingeniero venido a menos recorre pueblos nevados intentando colocar a sus criaturas de hojalata.
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En una Inglaterra donde la ley regula quién puede insuflar vida a la materia, un ingeniero venido a menos recorre pueblos nevados intentando colocar a sus criaturas de hojalata. Christopher, su joven aprendiz humano, asiste al espectáculo con vergüenza creciente: los mecanizados que Absalom vende como mercancía son, para él, amigos. Una visita nocturna a una casa en duelo hará estallar la distancia entre el negocio y el afecto.
Cuatro leyes gobiernan este mundo: solo los ingenieros con licencia pueden animar mecanizados, ninguno puede tener las medidas de un adulto, todos deben construirse con Propulsión Básica y glifos, y la llamada «animización» queda terminantemente prohibida. Dentro de ese marco legal —recitado como un reglamento y leído, en el fondo, como una condena— transcurre la historia de Christopher, un muchacho de carne y hueso que trabaja como ayudante del señor Gregory Absalom, ingeniero de habilidad discutible y desparpajo inagotable.
El relato arranca con una noche de nieve y una venta. Absalom llama a la puerta de un matrimonio que ha perdido a su único hijo hace seis semanas y les ofrece a Jack, un mecanizado con peluca intercambiable, sentido del humor de encargo y una destreza acrobática que chirría por falta de aceite. La escena, medio comedia de feriante y medio abuso, se desmorona con una sola palabra pronunciada por Jack, y devuelve al grupo al desguace donde viven: un patio de chatarra sepultado por la nieve, un cobertizo atestado de cabezas de repuesto y un taller que hace las veces de dormitorio.
Allí se despliega el verdadero corazón del libro. Rob Redondo, con el torso hecho de un viejo caldero y la cabeza siempre a punto de soltarse. Manda, con una pierna más corta y un ojo más grande que el otro. Tenazas, un coloso silencioso al que su creador construyó desmesurado para esquivar la ley. Y Estelle, una chica real que fabrica piel por chelines y negocia cada moneda sin pestañear. Todos comparten una misma pregunta, formulada sin autocompasión pero sin tregua: qué significa ser real, y si el afecto que se tienen basta para serlo.
Christopher, entretanto, guarda su propio hueco. Unos padres reducidos a fragmentos —un pelo color miel, unos ojos castaños—, anécdotas que inventa para completar lo que no recuerda, y el fogonazo de un incendio que reaparece cada vez que intenta hablar de su casa.
Con humor seco, ternura sin azúcar y una atmósfera invernal de raíz dickensiana, la novela contrapone el lenguaje del catálogo —gamas, actualizaciones, alquileres, modelos de lujo como la célebre Ellie Lockwood— al lenguaje de la familia, y deja que el lector decida cuál de los dos describe mejor a estos personajes de hojalata.