En un poblado maderero del Canadá, un obrero irlandés muere a cuchilladas en la cantina y nadie se atreve a declarar lo que ha visto. El telegrama con que un amigo del muerto pide ayuda a la Policía Montada desencadena una cadena de…
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En un poblado maderero del Canadá, un obrero irlandés muere a cuchilladas en la cantina y nadie se atreve a declarar lo que ha visto. El telegrama con que un amigo del muerto pide ayuda a la Policía Montada desencadena una cadena de represalias y pone en marcha a una pequeña patrulla de chaquetas rojas. Mientras avanzan hacia Brooks —de uniforme unos, de paisano otros—, los agentes descubren granjas incendiadas, flechas colocadas para culpar a los indios y un rastro de herradura que podría delatar al jefe de la banda. Un relato de intriga y acción en la frontera, donde el peligro mayor no está en el bosque sino en el silencio de los vecinos respetables.
Todo empieza con una acusación de trampas en el juego y termina con un hombre tendido en el suelo de una cantina llena de humo. El capataz de la maderera, Burns, mata a Chuc O’Hara delante de una docena de testigos y después brinda a la salud del muerto: nadie lo contradice, nadie declarará, y el Comisionado del sheriff cerrará el caso por falta de pruebas. En Brooks, el miedo funciona mejor que cualquier coartada.
Uno de los compañeros del irlandés decide que el crimen no puede quedar así y envía un telegrama al cuartel de Edmonton. Esa noche, dos hombres lo esperan a la salida del poblado, y el modo en que mueren —dispuestos para que parezca un duelo leal— revela que detrás de la violencia hay una mano fría, capaz de eliminar incluso a sus propios sicarios. El empleado de telégrafos comprende lo ocurrido, recibe una advertencia susurrada a su espalda y descubre que el autor puede ser cualquiera de los cuatro ciudadanos más respetables del pueblo: el dueño del almacén, el de la maderera, el banquero o el herrero.
En el puesto avanzado de la Policía Montada, el cabo Maxwell reúne los informes y llega a una conclusión incómoda: los robos, los incendios y los asesinatos que se atribuyen a indios rebeldes tienen otro origen. Su plan es sencillo y arriesgado: dos hombres entrarán en Brooks de paisano para pedir trabajo en la maderera mientras el resto se presenta abiertamente. La patrulla combina veteranía y nervio —el escéptico McCarty, el mordaz Walker, el joven Mortimer, enamorado de Annie, la cantante del «saloon»—, y las tensiones personales viajan con ellos: una pelea a puñetazos entre camaradas, un rencor sin cerrar y, sobre todo, un error que uno de los agentes decide ocultar cuando un granjero moribundo alcanza a murmurar un nombre antes de morir.
El camino hacia el poblado se convierte en la primera investigación. Una granja ardiendo con tres cadáveres acribillados a flechazos, huellas de caballos herrados que ningún piel roja usaría, un tiroteo en un claro del bosque y un quinto tirador que remata al herido para que no hable: cada hallazgo confirma que alguien está fabricando una guerra india para tapar sus negocios. Sólo queda una pista viva —una herradura con tres clavos en un lado— y un pueblo entero dispuesto a callar. La novela avanza así por dos frentes que terminan siendo el mismo: la cacería de un jefe sin rostro y el pulso íntimo de unos hombres de uniforme que deben decidir cuánta verdad están dispuestos a sostener, incluso frente a sí mismos.
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