Un ensayo que rastrea el auge global del populismo y sostiene que la democracia liberal solo sobrevivirá si se atreve a reformarse a fondo.
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Un ensayo que rastrea el auge global del populismo y sostiene que la democracia liberal solo sobrevivirá si se atreve a reformarse a fondo.
Hay una palabra que hoy se lanza como acusación en todos los idiomas y en todas las direcciones del espectro político: populismo. Este libro parte de esa confusión deliberada para desarmarla. Antes que un insulto de campaña, el término esconde dos fenómenos distintos que conviene nombrar por separado: el cesarismo —la promesa de un líder excepcional que dialoga directamente con «su» pueblo saltándose partidos e instituciones— y la demagogia —la mentira ofrecida como atajo, a veces incluso justificada por quienes creen que solo otra mentira puede desmontar la ideología dominante—. Con esa distinción en la mano, el autor recorre la vieja pugna romana entre populares y optimates para mostrar que la disputa no es nueva, y que su desenlace histórico —el derrumbe de una república corroída desde abajo— debería inquietarnos más de lo que nos entretiene.
El diagnóstico se ordena en capas superpuestas. Está la crisis económica: la de 2008 no inventó el deterioro de las clases medias industriales del mundo desarrollado, pero aceleró hasta lo inmanejable un proceso que se creía generacional, dejando a trabajadores que esperaban reconvertirse a través de sus hijos atrapados en una espiral descendente dentro de su propia vida laboral. Está la crisis cultural y epistemológica: ninguna economía es un mecanismo autónomo, y cuando los fundamentos de lo real dejan de funcionar como prometían, también se agrietan las reglas heurísticas —ideológicas, religiosas, de sentido común— con las que completamos lo que no alcanzamos a comprender; de ahí, sugiere el texto, el auge simultáneo de movimientos anticientíficos y de nuevos integrismos. Y está la crisis propiamente política: la sospecha de que las élites se han desprendido de su identidad nacional y de que el poder democrático local ha sido vaciado por la globalización, tres rasgos —radicalidad, antielitismo, antiglobalización— que reaparecen con acentos locales en Budapest, Manila, São Paulo, Marsella o Santiago.
El argumento no se detiene en el mundo desarrollado. Como el crecimiento de los países emergentes fue la contracara del proceso que desindustrializó a los ricos, la crisis viaja: sus clases medias no son antiguas y declinantes sino nuevas y frágiles, y la política no tarda en reflejar esa vulnerabilidad. La estructura del libro acompaña ese despliegue —primero las razones teóricas del desafío populista, luego el origen cultural, económico, filosófico y psicológico del contrato social, y finalmente las consecuencias institucionales de los cambios tecnológicos y sociales en curso—, con una imagen que organiza el conjunto: el pacto fáustico, ese trato con el diablo que firma no el ambicioso vulgar, sino el miembro ilustrado de la clase dirigente movido por la compasión.
La tesis final es tan clara como exigente: para defender la libertad de aquello que la corroe, hay que actualizar el software del contrato social. Reformar radicalmente la democracia, la república y el Estado, pero de forma equilibrada, porque si al cambiar las instituciones se recortan las libertades que se decía proteger, la batalla está perdida por secretaría. Escrito con voluntad de cruzar fronteras disciplinares —economía política, filosofía, cine, historia, música— y en un tono deliberadamente accesible, es un libro que prefiere abrir preguntas incómodas antes que ofrecer certezas cómodas.