En el Chicago de la posguerra, John Fleming arrastra una pierna inútil y un rencor aún más difícil de disimular. Redactor de novelas policíacas en las Publicaciones Moeran, su inesperado ascenso a jefe de sección destapa las envidias que…
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En el Chicago de la posguerra, John Fleming arrastra una pierna inútil y un rencor aún más difícil de disimular. Redactor de novelas policíacas en las Publicaciones Moeran, su inesperado ascenso a jefe de sección destapa las envidias que hierven en la planta decimotercera del edificio Keystone. Cuando el rencor de oficina encuentra una salida violenta, la policía de Homicidios entra por la misma puerta que los originales sin corregir.
John Fleming vuelve de la guerra con el cuerpo entero salvo por una pierna, y con una idea muy precisa de lo que las personas son capaces de hacerse entre sí. Los campos de concentración, la granada que le dejó cojo y una prometida que se retiró en cuanto lo vio con bastón le bastan para no esperar nada bueno de nadie. Sobrevive escribiendo: relatos del Oeste, sentimentales, detectivescos, hasta que las Publicaciones Moeran, de Chicago, le ofrecen un puesto fijo y una rutina de oficina que detesta tanto como necesita.
La novela abre con una reunión de dirección en el piso decimotercero del edificio Keystone. Uno tras otro, los redactores rinden cuentas de sus revistas: Beatrice Kennedy, competente y segura; Letty Bird, agria y envidiosa; Mark Dodsworth, cínico y cómodo; Bruce Wilmot, seductor de pasillo; Keith Langley, fanático de la ciencia ficción. Presidiéndolos, Peter J. Moeran —Peter «Jota»— gobierna la casa con una disciplina que no admite ni retrasos ni idilios entre empleados. El anuncio que cierra la sesión es el detonante: la colección policíaca se amplía y Fleming, hasta entonces ayudante, pasa a dirigir cuatro títulos, con aumento incluido. El ascenso lo coloca a la altura de George Gay, su antiguo jefe, un hombre que se atribuye los méritos ajenos y que, como observa el propio Fleming, cultiva enemistades con esmero de jardinero.
A partir de ahí, la editorial funciona como un escenario cerrado donde cada despacho guarda un motivo. Fleming, que sospecha de todos por principio y que rechaza con particular dureza el afecto de Bea por confundirlo con lástima, resulta ser el observador ideal: conoce las reglas del género porque las escribe a diario. Cuando el teniente Symes y el sargento Alcott aparecen con preguntas, el lector ya ha visto lo suficiente para desconfiar de media plantilla.
Es una novela de misterio de mecanismo clásico —círculo limitado de sospechosos, ambiente laboral, indagación paciente— con un protagonista poco complaciente, cuya investigación avanza en paralelo a un ajuste de cuentas con su propio resentimiento.
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