En la lúgubre mansión de Fostermann, la lectura del testamento de Paul Moore reúne a sus cinco sobrinos bajo una sospecha compartida: seis meses atrás, uno de ellos envenenó por error a su tía Marta al intentar matarlo a él.
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En la lúgubre mansión de Fostermann, la lectura del testamento de Paul Moore reúne a sus cinco sobrinos bajo una sospecha compartida: seis meses atrás, uno de ellos envenenó por error a su tía Marta al intentar matarlo a él. Ahora, entre criados jorobados y un detective infiltrado, la herencia se convierte en una cuenta atrás mortal.
Cuando el notario anuncia que el testamento de Paul Moore se leerá justo después de su entierro, sus cinco sobrinos —Melissa, Diana, Michael, Bernard y Dennis— sienten un escalofrío que no tiene que ver con el luto. Todos recuerdan la cena, seis meses atrás, en la que el propio Paul anunció que les dejaría su fortuna: un brindis que terminó con su esposa Marta agonizando envenenada tras cambiar, por capricho, su copa de champán con la de su marido. El veneno iba destinado a él, y quien lo puso allí solo puede ser uno de los presentes en aquella mesa. La novela se instala en la mansión de Fostermann, rodeada de lagos pantanosos y niebla, donde los sobrinos llegan a reencontrarse bajo la mirada inquietante de tres nuevos sirvientes, todos jorobados, elegidos deliberadamente por el difunto como un macabro recibimiento. Entre ellos aparece también Fred Dorwell, presentado como antiguo secretario particular de Paul Moore, cuya verdadera función se revela mucho más comprometida de lo que aparenta. La lectura del testamento destapa la trampa que el anciano ha tendido desde la tumba: su fortuna se repartirá entre los sobrinos que sigan con vida quince días después del entierro, reduciéndose la porción de cada superviviente por cada primo que muera antes de plazo, ya sea de forma natural o violenta. Atrapados en la mansión —abandonarla significa quedar excluidos de la herencia— los cinco herederos deben convivir con la certeza de que uno de ellos ya mató una vez, y con el temor de que el dinero empuje a alguien a hacerlo de nuevo. La tensión entre la codicia, el miedo y los viejos rencores familiares crece a cada hora, mientras la casa, sus criados y sus secretos parecen conspirar para que la advertencia del difunto se cumpla.