Alex, un chico de casi dieciséis años, se queda solo en casa un viernes de rutina —una discusión con su madre, deberes aplazados, unas horas de videojuego— hasta que un estruendo hunde el tejado y lo deja atrapado bajo su escritorio…
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Alex, un chico de casi dieciséis años, se queda solo en casa un viernes de rutina —una discusión con su madre, deberes aplazados, unas horas de videojuego— hasta que un estruendo hunde el tejado y lo deja atrapado bajo su escritorio mientras el fuego avanza. Cuando logra salir, descubre que no hay luz, ni teléfono, ni cobertura, y que un trueno continuo se instala sobre la ciudad para no marcharse. Narrada desde el después, esta novela cuenta el instante exacto en que el mundo cómodo se disolvió y empezó otro, hecho de ceniza, oscuridad y hambre.
Hay un viernes que los supervivientes nombran sin necesidad de fecha. Alex, un adolescente de Cedar Falls, Iowa, lo empezó como cualquier otro: peleándose con su madre por un viaje familiar que no quería hacer, viendo marcharse el monovolumen con sus padres y su hermana pequeña, y celebrando en silencio la victoria de tener toda la casa para él. Subió a su habitación, encendió el ordenador, apartó el libro de trigonometría y se dispuso a perder tres horas en un juego. Fue la última tarde ordinaria de su vida.
El golpe llega sin aviso: un temblor leve, un apagón, y después un desgarro descomunal, como si un bosque entero se partiera a la vez. El suelo se inclina, el escritorio cae sobre él y lo encierra en una cueva triangular de apenas unos centímetros. Lo que sigue es una de las secuencias más físicas del libro: el olor a quemado que convierte el miedo paralizante en urgencia, la pared que empieza a entibiarse al otro lado de la librería, la respiración de recuperación aprendida en años de taekwondo, el arrastre a ciegas por las viguetas de un desván en llamas hasta un agujero casi perfecto abierto en el techo, con un círculo de cielo azul al fondo.
Afuera, el vecindario está intacto y sin embargo algo va mal: no hay pájaros, ni insectos, ni grillos. No hay corriente, ni línea fija, ni cobertura en ninguna compañía. Alex corre al parque de bomberos porque necesita hacer algo, y los bomberos acuden sin poder avisar a la central, en un camión que atraviesa una ciudad de semáforos apagados y columnas de humo lejanas. La casa se salva a medias; su hermana se habría salvado por muy poco. Y justo cuando un vecino le promete que en un año todo estará como nuevo, empiezan las explosiones.
Esa segunda mitad del arranque cambia de escala. El ruido no es un suceso sino un estado: un trueno ametrallado, sin relámpago y sin final, que revienta ventanas, hace vibrar el roble del suelo y obliga a taponarse los oídos con papel higiénico. Alex pasa la noche en la bañera de mármol de Darren y Joe, los vecinos que lo acogen, apretado entre almohadas y edredones, rezando por primera vez en años a un Dios que había dejado de visitar, pensando en su familia a dos horas de carretera y aferrado a la idea de que la mañana traerá algo mejor. La mañana no trae nada: al día siguiente no hay amanecer.
El relato está contado en primera persona desde un tiempo posterior, y esa distancia le da su temperatura particular. El narrador sabe lo que el chico de aquel viernes ignoraba, y deja caer el conocimiento en pequeñas puntadas —las discusiones con su madre convertidas en joyas duras bajo la piel, los cinturones de taekwondo probablemente quemados y sepultados, la pregunta de si alguien volverá a jugar alguna vez a ese videojuego— sin renunciar nunca a la inmediatez del cuerpo dolorido, la sed, el yeso seco que pica en los brazos. Es una novela de catástrofe construida desde lo doméstico: los detalles pequeños (una llave inglesa en un hidrante, dos botellas de agua, una linterna que hay que apagar para ahorrar batería) sostienen el peso de un desastre cuya causa el protagonista todavía no comprende. Lo que se plantea desde estas primeras páginas no es solo qué ha ocurrido, sino cuánto tarda una vida entera en volverse irrecuperable, y qué hace un adolescente cuando la única certeza que le queda es que su familia está en algún lugar, al otro lado de un mundo que acaba de apagarse.