Un retrato en clave de humor de un grupo de amigas que se autodenomina «secta» y que convierte cada cena, cada confesión y cada desamor en material de comedia.
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Un retrato en clave de humor de un grupo de amigas que se autodenomina «secta» y que convierte cada cena, cada confesión y cada desamor en material de comedia. A través de perfiles como el de Romina —la casada perfecta apodada Romindela—, Candela, la enamorada crónica, o Sara, la de la agenda imposible, el libro repasa modelos de mujer contemporánea sin solemnidad ni manual de autoayuda: solo la voz de quien mira a las suyas con cariño y algo de mala leche. Detrás de las bromas asoma una idea sencilla, la de que todas somos Cenicientas, pero con tacones lo bastante altos como para elegir.
El libro nace de una escena doméstica y reconocible: una autora a la que le encargan un libro, no sabe sobre qué escribir y termina descubriendo que el tema llevaba toda la noche sentado a su mesa. De esa cena con amigas —el estofado descongelado, el vino, los cotilleos que se alargan hasta una hora indecente— surge la decisión de retratar al grupo entero, ese club informal que se rebautiza sin pudor como «la secta de las desalmadas», «la secta del desamor» o cualquier otra variante que convenga al momento.
Cada capítulo se ocupa de una integrante y de un arquetipo. Está Romina, conocida como Romindela por su bondad inagotable, casada y madre, empeñada en administrar lecciones de felicidad conyugal en el peor momento posible; está Candela, romántica incurable cuyo historial sentimental acumula más baches que un camino de cabras; está Sara, con una agenda tan saturada que parece la de una casa real. A ellas se suman la mujer yeti, la famosa triunfadora y la alegre divorciada, hasta completar un mapa de maneras de habitar la vida adulta cuando el guion recibido —casarse, sostenerse, ser feliz por decreto— no termina de encajar.
El retrato más extenso es el de Romina, y ahí el tono se ensancha. Detrás de la fachada impecable aparece un pueblo de León, un padre atrapado por el alcohol y el juego, una madre lectora de novelas románticas que predicaba independencia sin practicarla, y una hija que se marchó a Madrid a los dieciocho años con una maleta, una caja de libros y un despertador. Vienen después el piso compartido en Vallecas, los trabajos simultáneos, un expediente académico brillante, la amiga que se marcha detrás de un novio y deja una herida desproporcionada, y por fin el destino profesional que la lleva hasta México, donde un encuentro casual reordena todos sus planes. La comedia sostiene el relato, pero no lo tapa: cada perfil deja ver por qué esa mujer eligió el papel que interpreta.
La voz narrativa es lo que cohesiona el conjunto. Habla en primera persona, se interrumpe a sí misma, se va por las ramas, matiza lo que acaba de decir y comenta sus propias digresiones; mezcla la confidencia con la pulla y el cariño con la impaciencia. Propone además un juego al lector desde el prólogo: adivinar cuál de las protagonistas es ella. El resultado es un libro de amistad femenina que no idealiza a nadie —también se tiran los trastos a la cabeza— y que se apoya en una imagen que da título al conjunto: la Cenicienta que no espera el zapato de cristal, sino que camina con quince centímetros de tacón, incómodos a veces, pero suyos, porque son los que le permiten elegir.
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