En Frosty Hollow, las luces navideñas siguen encendidas mucho después de que las fiestas terminen, y de ese resplandor caducado nace algo que solo ven quienes están rotos por dentro.
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En Frosty Hollow, las luces navideñas siguen encendidas mucho después de que las fiestas terminen, y de ese resplandor caducado nace algo que solo ven quienes están rotos por dentro. Ginkgo, trece años, una madre ausente y un padre que le habla en pósits, descubre que esa criatura la ha elegido. Su vecino y mejor amigo Kili, que la sobrevivió dos inviernos atrás desde una silla de ruedas, es el único que puede explicarle las reglas del juego. Una fábula juvenil sobre el duelo, la amistad y el precio de la tristeza que se deja crecer.
Hay un momento del año en que la Navidad ya se ha ido pero sus luces no. Guirnaldas olvidadas que siguen encendiéndose puntualmente al anochecer sobre calles vacías, alumbrando una alegría que ya nadie está celebrando. En Frosty Hollow ese intervalo tiene nombre y tiene dientes: de esa luminiscencia sin sentido —luces sin razón de ser, luces sin alma— se gesta cada invierno una criatura que sobrevuela los tejados buscando a quien sembrarle dentro la peor de las melancolías.
Ginkgo Abe-To Murakami tiene trece años, los ojos rasgados y verdes, una gorra de béisbol japonesa y un hueco enorme en casa. Vive en lo alto de una urbanización de montaña con un padre que trabaja siempre y que se comunica con ella mediante notas adhesivas firmadas con seudónimos de serie, mensajes que mezclan la lista de la compra con declaraciones de amor incondicional. Su madre, guía forestal, le enseñó a caminar por el bosque como quien se sumerge en agua sanadora; su madre ya no está. Cada viernes, Ginkgo acude a la consulta de la psicóloga del instituto junto a un puñado de alumnos que se hacen llamar, con humor defensivo, los Tocados del Ali.
Una de esas noches de regreso, cruzando el puente que separa el pueblo de la oscuridad de las afueras, algo hecho de chispas y humo persigue al autobús escolar. Nadie más lo ve. Nadie más lo oye. Y cuando la bestia está a punto de alcanzarla, se detiene, la mira a los ojos con curiosidad, y algo que encuentra allí dentro la hace dudar.
El único que la cree es Kili Krilin, su vecino desde los tres años, unido a ella por un agujero en el seto y por la costumbre de entrar a su cuarto trepando por la enredadera en lugar de llamar a la puerta. Kili es un friki monumental de pósters, drones y taxonomías inventadas, y también un chico al que la enfermedad y el tratamiento le quitaron el pelo, la montaña y las piernas durante semanas enteras. Dos inviernos antes, el mismo monstruo lo eligió a él. Kili conoce sus reglas: solo existe entre el ocaso y el amanecer, solo bajo esas luces zombis, solo para quien es vulnerable a la pena. No mata: te atraviesa y te deja dentro una semilla de tristeza que vuelve cada año a cosechar. Y solo hay una manera de que te suelte, difícil precisamente porque cuanto más tiempo pasa, menos sitio le queda a la alegría para volver a arraigar.
A partir de ahí, la novela avanza como una carrera contra el interruptor: retirar cada bombilla de casa, ordenar los adornos que su madre y ella colgaban en ceremonia el primer día de vacaciones, comprobar que no queda ni una luz encendida. Hasta que Ginkgo descubre que falta una figura entre las cajas —la última que le regaló su madre— y entiende que esconderse no sirve, porque la tristeza viaja con quien la lleva.
Vicent Dasí construye un relato juvenil de terror amable y fondo luminoso, escrito con una voz cómplice que interpela al lector y que respira referencias compartidas: cine clásico, animación, series de misterio adolescente, manga. Bajo la fábula hay tres corrientes que se trenzan sin subrayado: el duelo que no se supera negándolo sino haciéndole sitio, la amistad como única terapia que funciona a domicilio, y una advertencia ecológica sobre el derroche —el monstruo, al fin y al cabo, es lo que el mundo nos devuelve cuando dejamos encendido lo que ya no significa nada. Una historia sobre árboles que sobreviven a la Navidad y sobre chicos que sobreviven a sus inviernos.
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