Fulano Pérez tiene diecisiete años, un nombre que nadie se cree y una biografía hecha de películas vistas en casa. Condenado al papel de «mejor amigo» de todas las mujeres que le gustan, repasa sus enamoramientos fallidos con una mezcla de…
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Fulano Pérez tiene diecisiete años, un nombre que nadie se cree y una biografía hecha de películas vistas en casa. Condenado al papel de «mejor amigo» de todas las mujeres que le gustan, repasa sus enamoramientos fallidos con una mezcla de ironía, rencor y lucidez incómoda: Sofía y su primera borrachera, Alicia y una noche argentina en un hostal, y sobre todo Ana. Una novela de iniciación de raíz colombiana narrada con la crudeza de quien se sabe antihéroe de su propia historia.
Celuloide se presenta como la confesión de un adolescente que ha decidido contarse a sí mismo antes de que otros lo hagan por él. Su narrador dice llamarse Fulano Pérez —bautizado así por un padre que nunca quiso serlo— y avisa desde la primera página que no busca compasión, sino un lector que se reconozca en él. Está a meses de terminar el bachillerato, no sabe qué estudiará y solo tiene clara una certeza: la vida no se parecerá al guion que uno imagina.
La novela avanza como un inventario sentimental. Capítulo a capítulo, Fulano vuelve sobre las mujeres que lo dejaron en el lugar más incómodo del deseo: el de amigo incondicional, chofer, confidente y paño de lágrimas de quien nunca lo mirará de otro modo. Está Sofía, cuya fiesta de Halloween termina convertida en una humillación silenciosa detrás de una máscara de hockey. Está Alicia, la argentina de Mendoza que aparece de madrugada en el bar de un hostal y desordena para siempre su idea del amor con un acento, una historia sobre el origen del mojito y un olor a fresa y cereza que lo devuelve a su infancia frente al televisor. Y está, sobre todo, Ana: el nombre que el narrador pronuncia como quien toca una herida abierta y que organiza, desde la sombra, todo el relato.
El cine funciona aquí como lengua materna. Cada capítulo se abre con una cita —Scarface, Annie Hall, Taxi Driver, Casablanca— y el protagonista piensa en fotogramas porque no encuentra palabras propias: se compara con antihéroes, mide su futuro contra personajes que nunca será y usa la pantalla para nombrar lo que siente. Esa mediación es también su trampa, y la novela lo sabe.
Alrededor del desamor se despliega un retrato de ciudad: las tribus urbanas, las jerarquías del colegio, el dinero fácil que reordenó los barrios, la orfandad de una crianza delegada a niñeras y dibujos animados. El narrador clasifica, se burla y despotrica, hasta admitir que su rabia tiene un origen muy concreto y que él mismo no es un testigo fiable. «Yo soy solo una versión», advierte.
Finalista del IV Concurso Internacional de Novela Contacto Latino, Celuloide combina humor corrosivo, oralidad juvenil y una melancolía que no se deja domesticar. Es la historia de alguien que aprendió a amar mirando películas y descubre, demasiado tarde, que en la suya le tocó el papel secundario.