Celos, de Rebeca de Rivendel, es un relato erótico breve construido sobre un malentendido. Josefine sale de compras un viernes por la tarde decidida a sorprender a su pareja con un vestido nuevo, pero una escena vista de lejos, a la vuelta…
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Celos, de Rebeca de Rivendel, es un relato erótico breve construido sobre un malentendido. Josefine sale de compras un viernes por la tarde decidida a sorprender a su pareja con un vestido nuevo, pero una escena vista de lejos, a la vuelta de una esquina, basta para desarmar la certeza con la que caminaba. Lo que sigue es una deriva nocturna por una ciudad que de pronto le resulta ajena y una decisión tomada desde la rabia, no desde el deseo. En poco más de tres capítulos, la autora enlaza la fantasía y el despecho para preguntarse cuánto de lo que creemos ver lo pone la mirada.
Josefine tiene el fin de semana planeado y una idea muy clara de cómo empezarlo. Aprovecha las rebajas, se prueba un vestido corto y casi transparente, decide llevárselo puesto, completa el conjunto con unos tacones rojos y sale a la calle sabiéndose mirada. El trayecto hasta el apartamento de su novio es, en sí mismo, una pequeña puesta en escena: cada paso confirma la seguridad de quien cree tener el control del guion.
Ese control dura hasta una esquina. Un taxi se detiene en el portal, su novio baja y tiende la mano a una mujer joven a la que ella no conoce. Complicidad, risas, una mano en la cintura, un abrazo mientras se cierran las puertas del ascensor. La narración se detiene en la mecánica exacta del golpe —la parálisis, el corazón en las sienes, las bolsas que se le caen al suelo— y en la velocidad con la que la mente rellena los huecos de lo que no ha oído. A partir de ahí, Josefine camina durante horas sin rumbo por una ciudad de cinco millones de habitantes que para ella está vacía.
La sed y la necesidad de aturdirse la llevan hasta un rótulo de neón con una copa de champán. Entra sin leer el cartel de la entrada, que anuncia un local liberal, de intercambio de parejas. Entre la penumbra, el whisky, la música de ambiente y las imágenes que parpadean en los monitores, la conciencia se le vuelve niebla y el rencor encuentra una salida física. La autora relata ese tramo con explicitud, pero sin perder de vista lo que lo motiva: no el deseo, sino una forma de ajuste de cuentas contra alguien que no está presente.
El amanecer llega con el local iluminado, los empleados barriendo y una resaca que ordena a medias los recuerdos. Josefine vuelve a casa, se deja caer en el sofá y ve parpadear el indicador del contestador automático. Las llamadas acumuladas de la noche anterior siguen ahí, esperando. Celos cierra sobre esa escucha, y el efecto retroactivo que produce obliga a releer todo lo anterior con otra clave: la de una historia sobre la inseguridad, los prejuicios y la facilidad con la que una imagen sacada de contexto puede desencadenar una tormenta interior y arrastrarnos a hacer cosas que jamás nos habríamos imaginado capaces de hacer.