Cecil es la primera novela de Elizabeth Eliot, publicada en 1962. La narra en primera persona lady Anne, cuñada de Cecil Guthrie, quien repasa más de una década de trato con un muchacho brillante, mimado y extrañamente sometido a la…
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Cecil es la primera novela de Elizabeth Eliot, publicada en 1962. La narra en primera persona lady Anne, cuñada de Cecil Guthrie, quien repasa más de una década de trato con un muchacho brillante, mimado y extrañamente sometido a la voluntad de su madre, lady Guthrie. Bajo la fachada de crónica de costumbres de la aristocracia británica de finales del siglo XIX, el relato va revelando una relación materno-filial cada vez más asfixiante y perturbadora.
Cecil arranca en 1887, cuando lady Anne, casada desde hace doce años con Charlie Guthrie, recuerda el día de 1875 en que conoció a su entonces flamante madrastra política, lady Guthrie, y al hijo de esta, Cecil, un niño de nueve años. La escena inaugural ya marca el tono de todo el libro: Anne descubre que el pequeño llevaba un buen rato escondido tras un biombo en el tocador de su madre, observándola sin ser visto, y que lady Guthrie, lejos de sorprenderse, parece dar por normal esa vigilancia silenciosa. A partir de ahí, la novela alterna escenas del presente —una visita familiar a Kildonan, el castillo escocés de Anne y Charlie, con lady Guthrie instalada en el papel de invitada quejumbrosa y aficionada a las sesiones de espiritismo con un médium llamado señor Jackson— con el repaso de los años intermedios: la delicada salud, real o exagerada, de Cecil; su temprana salida de Eton, envuelta en explicaciones ambiguas sobre ‘falta de disciplina’; y el vínculo de dependencia mutua, casi de complicidad exclusiva, que madre e hijo han cultivado desde la infancia a costa de todo lo demás, incluido el propio sir David Guthrie. El motor narrativo del arranque es el anunciado compromiso matrimonial de Cecil, ya veintiañero, con Lydia Marsden, noticia que lady Guthrie recibe con una mezcla de orgullo posesivo y recelo apenas disimulado, y que empuja a Anne —narradora lúcida, algo distante y con un humor seco que atempera la extravagancia de su suegra política— a pedirle a su marido que hable con el joven antes de que dé un paso importante. Escrita con la mirada irónica y el oído fino para el diálogo social que caracterizan a Elizabeth Eliot, Cecil construye poco a poco, desde la aparente ligereza de la comedia de salón victoriana, el retrato de una madre absorbente y de un hijo formado a su imagen, dejando entrever, bajo la superficie de bailes, herencias y chismes familiares, una historia bastante más oscura de lo que promete su arranque.