Una bruja hawaiana descubre por accidente que los dioses de los viejos panteones existen, no son divinos y se alimentan de la sangre derramada en su nombre.
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Una bruja hawaiana descubre por accidente que los dioses de los viejos panteones existen, no son divinos y se alimentan de la sangre derramada en su nombre. Tras sobrevivir a una cita que terminó en intento de sacrificio, convierte ese hallazgo en oficio: cazarlos uno a uno. Narrada en primera persona, con humor seco y un torrente de referencias cinéfilas, la novela abre con su encuentro más incómodo hasta la fecha —un dios del trueno que, en vez de matarla, la invita a tomar una copa.
La narradora —a quien la guía de pronunciación del libro identifica como Vervain— practica brujería desde la cuna, vive en O’ahu y detesta la arena, el sol y el surf con una convicción que raya en lo doctrinal. También mata dioses. No por vocación mística ni por venganza cósmica, sino porque hace unos años tropezó de cabeza con una verdad incómoda y no encontró la manera de desandarla.
Todo empezó con una cita. Un acompañante local, una botella de champán y un heiau sobre la bahía de Waimea que resultó estar consagrado a Ku, el dios hawaiano de la guerra. Lo que iba a ser un atardecer postal terminó en un cuchillo, un forcejeo y dos cadáveres: el del pretendiente que pretendía ofrecerla como sacrificio y el del propio dios, decapitado casi por accidente en medio de un ataque de pánico. De aquella noche la protagonista salió con las manos manchadas, una casa vacía que registrar y un botín: un libro enorme y sin adornos que decidió dejarse leer, unos guantes con dagas ocultas, un puñado de artefactos y las llaves de un Jaguar con calcomanía de Eddie Aikau.
Ese libro reordena el mundo. Los dioses, revela, son atlantes: una estirpe cuyos poderes son en realidad tecnología y magia heredadas de un continente que ellos mismos destruyeron, y que llevan milenios administrando la credulidad humana. Su energía proviene del sacrificio, directo o indirecto, y las guerras libradas en su nombre son la fuente más rentable de todas. Sin fieles que los sostengan, muchos han tenido que volverse creativos. Un volante doblado entre las páginas —convocatoria a Valhalla, oradores invitados, cena compartida organizada por orden alfabético— lo deja claro con una banalidad burocrática que resulta más escalofriante que cualquier profecía.
Desde entonces la protagonista se mueve entre mundos por el Éter, el plano de conciencia pura que separa —y comunica— la realidad humana del reino divino, mediante una técnica llamada rastreo que su madre le advirtió no intentar jamás. Roba planes, sabotea campañas, se llama a sí misma libertadora de humanos antes que asesina, y guarda el secreto de sus amigos por miedo a arrastrarlos a una vida como la suya. El relato la encuentra en pleno trabajo de campo dentro de Valhalla, sorprendida con las manos en unos papeles que no debía ver, frente a un Thor de dos metros, cuero gastado y muy mal humor. Ella improvisa insolencia, él improvisa una sonrisa; ella improvisa una patada y desaparece por un punto de rastreo.
Lo que descoloca la rutina no es el peligro, sino la anomalía: el dios no la persigue con ganas y, horas después, aparece en la playa de Waikiki vestido de caqui y camisa aloha, sin intención aparente de hacerle daño, solo con una pregunta y una invitación. La novela instala así su verdadera tensión —qué se hace cuando la presa se niega a comportarse como presa— y sostiene el tono que la define: primera persona desbocada, digresiones sobre gastronomía isleña y hongos de arena, mitologías nórdica, hawaiana, azteca y de otras tradiciones cruzándose en el mismo archipiélago, y una heroína que enfrenta lo sublime respondiendo con una cita de película. Bajo la comedia late un argumento menos amable: que la adoración siempre tuvo un costo, y que alguien lo pagó.
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