Una noche de tormenta en abril, cuatro forajidos que huyen de la ley llaman a la puerta de un rancho aislado y no aceptan un no por respuesta. Cuando amanece, la casa ha quedado arrasada y el ganado en marcha hacia el norte.
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Una noche de tormenta en abril, cuatro forajidos que huyen de la ley llaman a la puerta de un rancho aislado y no aceptan un no por respuesta. Cuando amanece, la casa ha quedado arrasada y el ganado en marcha hacia el norte. El dueño, que estaba de viaje, vuelve para encontrarse con un único superviviente, dos nombres y un destino: suficiente para vender cuanto posee y salir tras ellos. Western duro de venganza, narrado sin concesiones y con violencia explícita, incluida una agresión sexual.
Todo empieza con un aguacero. Cuatro jinetes cruzan un bosque de pinos sin encontrar dónde guarecerse: Ben Schaefer, cabecilla recién fugado de la cárcel del condado, y los tres cómplices que lo sacaron de allí porque, sin él, llevaban meses sin dar un golpe que valiera la pena. El escuálido Walt Gordon, al que todos llaman Huesos; Hal Tyler, burlón y de dientes lobunos; y Ron Horwitz, achaparrado y macizo. Cuando divisan a lo lejos una casa de piedra con corrales, pican espuelas convencidos de haber encontrado un refugio. Lo que encuentran es una mujer sola al frente del rancho.
Lo que ocurre esa noche y el día siguiente en la casa de los Thalberg es el motor de toda la novela, y el relato no lo esquiva: la agresión sexual en grupo a Edith Thalberg, el asesinato del peón que intenta defenderla y, cuando la partida de vaqueros regresa con el ganado, una emboscada metódica desde las ventanas que se salda con la muerte de todo el equipo, incluidos los que se rinden confiando en la palabra de Schaefer. La consigna del cabecilla es no dejar testigos. Los forajidos se marchan arreando las reses hacia el norte, seguros de haberla cumplido.
No la cumplieron. Un vaquero, Curly, se escondió en un pesebre y sobrevivió a fuerza de miedo. De su escondite oyó lo bastante: que el ganado se vendería en Boise, en Idaho; que uno de los cuatro tenía una mujer esperándolo en un saloon de Salt Lake City; y que ese uno se llamaba Walt Gordon. Cuando Brandon Thalberg regresa de Abilene con los sementales que había ido a comprar, esa confesión balbuceante es toda su herencia. Despide al superviviente sin insultarlo y sin perdonarlo, y decide vender el rancho, los caballos y todo lo demás. Ya no le hace falta.
A partir de ahí la novela cambia de forma. Deja atrás el asalto y se convierte en una cacería paciente, casi administrativa. Thalberg llega a Salt Lake City, elige el saloon más lujoso, calcula a quién puede sonsacar y espera semanas a que su hombre aparezca. Cuando Gordon por fin se deja ver derrochando su parte del botín, el ex ranchero lo vigila con la frialdad de quien ya ha decidido el desenlace y solo necesita el momento oportuno: sacarlo del pueblo, desarmado, hasta un lugar del desierto donde nadie oiga nada. Lo que quiere de él no es la muerte todavía, sino los nombres de los otros tres.
En paralelo, el lector sigue a la banda en su ruta hacia Boise, y allí la novela deja clara su aritmética moral: cuando siete cuatreros intentan robarles el ganado robado, los cuatro los liquidan sin dudarlo y sin dejar heridos, entre bromas sobre los ranchos que se comprarán. Son depredadores eficaces y celebran serlo, lo que hace que la persecución de Thalberg avance como una cuenta pendiente que solo puede saldarse de una manera.
Es western de género en estado puro, en su registro más áspero: prosa rápida, diálogo abundante y castizo, capítulos breves cortados en seco y una violencia descrita sin eufemismos. No hay ambigüedad moral ni redención posible para los culpables; hay un agravio, una lista de nombres y un hombre dispuesto a recorrer todo el territorio para tacharlos. Conviene advertir que la escena inicial contiene violencia sexual explícita, y que la crudeza se mantiene a lo largo de todo el libro.
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