Un guionista de Hollywood recuerda su larga amistad con John Wilson, un director brillante, arruinado e incapaz de vivir sin riesgo. Cuando Wilson lo llama desde Londres para arrastrarlo a un rodaje en África —y, sobre todo, a un safari—,…
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Un guionista de Hollywood recuerda su larga amistad con John Wilson, un director brillante, arruinado e incapaz de vivir sin riesgo. Cuando Wilson lo llama desde Londres para arrastrarlo a un rodaje en África —y, sobre todo, a un safari—, el narrador acepta sabiendo que acompaña a un hombre que convierte cada gesto cotidiano en una forma de desafío. La novela es a la vez crónica de una industria y retrato íntimo de una fascinación que empieza a enfriarse.
Peter Verrill, escritor y guionista, abre su relato con una comparación que lo explica todo: él y John Wilson atropellaron cada uno a una persona, pero mientras el accidente del narrador se disolvió en trámites y olvido, el de Wilson terminó en muerte. Esa asimetría —lo que a uno se le apaga, al otro le estalla— es el eje del libro. Verrill escribe desde el final de un afecto, ese momento en que el pasado se deja mirar con una luz fría, y desde ahí reconstruye a un amigo al que admira sin ilusiones.
Wilson es un director de enorme talento que ha hecho carrera infringiendo, una por una, las leyes no escritas de Hollywood: dice a sus jefes lo que piensa, humilla en público a las mujeres con las que se relaciona, defiende causas incómodas, bebe demasiado, rueda películas notables que rara vez llenan salas y dilapida cuanto gana. Debe cerca de trescientos mil dólares y lo lleva con una alegría casi obscena. Otros intentan imitarlo y acaban en la cárcel o en la beneficencia del gremio; a él, inexplicablemente, todo le sale rentable. El narrador atribuye esa impunidad no al carácter sino a una habilidad casi divina para caer de pie.
La acción arranca con una llamada telefónica. Verrill lleva un invierno estéril en Suiza —una novela que no empieza, un desamor reciente, demasiadas horas en el bar de un hotel—, cuando la voz de Wilson cruza el ruido del piano y las interferencias del Canal de la Mancha para proponerle África: trabajar un guion, sí, pero sobre todo cazar. Basta el modo en que Wilson pronuncia el nombre del continente para que el narrador entrevea algo turbio y conradiano, y para que acepte de todos modos.
En Londres se despliega la comedia. Una secretaria inglesa enamorada y ya iniciada en el ritual de las humillaciones diarias; una casa prestada de espejos dorados y estatuillas; un productor húngaro de finanzas legendariamente opacas cuya compañía, llamada Sunrise, todos rebautizan Sunset; un guion que nadie logra encontrar; sastres, cacerías del zorro, chaquetas acampanadas y almuerzos donde Wilson finge no saber qué es un entrecôte para incomodar a una aristócrata. El narrador observa cada escena con la lucidez del cómplice: se ríe, participa y toma nota.
Bajo la anécdota late una intuición sombría. Verrill reconoce en su amigo a los hombres que conoció en la guerra, los que se ofrecían voluntarios a las misiones imposibles y sobrevivían mientras los jóvenes contagiados de su audacia no volvían. El viaje a África no es un capricho profesional: es el deseo secreto de arriesgar la vida ante testigos. Y el narrador, que necesita creer en el juicio de Wilson sobre su propio libro, decide seguirlo.
El resultado es una novela de amistad masculina escrita con humor seco y sin sentimentalismo, una radiografía del cine como tribu con reglas y castigos, y el estudio de un carisma que seduce exactamente por lo mismo que destruye.
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