Un ensayo divulgativo que recorre casi siete siglos de persecución por brujería en Europa, desde los orígenes de la Inquisición en el Languedoc hasta su abolición en España en 1834.
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Un ensayo divulgativo que recorre casi siete siglos de persecución por brujería en Europa, desde los orígenes de la Inquisición en el Languedoc hasta su abolición en España en 1834. Alfonso Trinidad parte de la bula de Inocencio VIII y del infame Malleus maleficarum para mostrar cómo una mentira repetida convirtió a las mujeres en el 85% de los acusados, y cómo delatores, cazadores de brujas y punzadores hicieron negocio con el miedo colectivo.
Con un prólogo de Fernando Gómez que arranca ante dos cuadros de Goya —El aquelarre del Prado y la escena inspirada en El hechizado por la fuerza que cuelga en la National Gallery—, este libro propone una lectura de la caza de brujas que va mucho más allá del folclore de calderos y escobas.
Su tesis es explícita desde la introducción: no se trata de un libro sobre brujería, sino sobre gente que toma decisiones. Sobre personajes históricos que dispusieron de la vida de miles de seres humanos y sobre cómo los ideales del bien y del mal se manipulan, falsean y modifican al antojo de quien ostenta el poder. Porque el poder es, en última instancia, lo que explica esa lucha ancestral: el que la bruja busca en su pacto y el que los estamentos privilegiados no están dispuestos a compartir.
El recorrido histórico es minucioso. La bula Summis desiderantes affectibus de 1484 abre la veda; dos años después, el dominico Heinrich Kramer redacta con Johann Sprenger el Malleus maleficarum, libro de cabecera inquisitorial que insiste una y otra vez en la supuesta debilidad femenina ante la tentación. De ahí a los oficios del terror: Joan Malet cazando brujas en el sur de Tarragona por encargo de ayuntamientos y del Santo Oficio; los punzadores británicos que clavaban agujas trucadas buscando la marca del diablo, uno de los cuales confesó haber causado más de doscientas veinte muertes a veinte chelines la pieza.
Los capítulos iniciales despejan además el vocabulario que la superstición dejó enredado: magia, ocultismo, esoterismo y misticismo según Eliphas Lévi y Papus; las fronteras sutiles entre brujería y hechicería que trazaron Julio Caro Baroja y Carmelo Lisón; la etimología de bruixa, meiga, sorginak o strega; y el rastro de lo mágico desde el Paleolítico y el Código de Hammurabi hasta el choque entre el Imperio romano y el cristianismo naciente.
En el centro de todo el escenario, siempre la mujer: aquella que, al empezar a curar, razonar y reclamar un papel distinto, fue declarada aliada del diablo. Una revolución poco estudiada que el autor deja apuntada como pregunta abierta.