Dos agentes de la DEA cuentan en primera persona cómo participaron en la búsqueda y captura de Pablo Escobar, desde las amenazas contra sus propias vidas en Bogotá hasta el trabajo diario con la Policía Nacional de Colombia en Medellín.
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Dos agentes de la DEA cuentan en primera persona cómo participaron en la búsqueda y captura de Pablo Escobar, desde las amenazas contra sus propias vidas en Bogotá hasta el trabajo diario con la Policía Nacional de Colombia en Medellín.
Un sábado por la tarde, en un apartamento con vistas a los Andes, suena el teléfono: el jefe de grupo pide a Javier Peña que coja su arma y salga del edificio de inmediato, porque el hombre más buscado del mundo sabe dónde vive. Con esa llamada arranca un relato construido a dos voces, la de Peña y la de Steve Murphy, los agentes de la Agencia Antidrogas estadounidense que pasaron años persiguiendo al fundador del cartel de Medellín. Escrito con la franqueza de quien ya no tiene nada que demostrar, el libro reconstruye una operación que combinó inteligencia técnica, cooperación con las autoridades colombianas y una dosis considerable de improvisación, en un país donde los coches bomba, los magistrados asesinados y los sicarios adolescentes formaban parte del paisaje cotidiano.
La narración no empieza en Colombia, sino mucho antes y mucho más lejos. Murphy recuerda su infancia en Tennessee y Virginia Occidental, la fascinación temprana por los uniformes y las sirenas, el negocio familiar de moquetas que su padre esperaba que heredara, los exámenes de policía que hizo a escondidas y la primera redada antidroga que organizó en su día libre siendo un agente novato de diecinueve años. Peña vuelve a Hebbronville, al rancho que apenas daba de comer, a la madre enferma que le suplicó que no se marchara y al Chevy Nova comprado con el dinero de recoger sandías, en el que lloró durante las cinco horas de viaje hacia su primera práctica en una penitenciaría. Esas dos biografías, distintas en casi todo, explican por qué ambos terminaron aceptando un destino del que otros huían.
El grueso del libro transcurre entre 1992 y 1993, cuando los dos agentes se instalaron en Medellín y trabajaron codo con codo con el Bloque de Búsqueda, la unidad de élite que rastreaba a Escobar día y noche desde un cuartel de la ciudad. Allí aparecen los detalles que rara vez llegan a los titulares: la desconfianza permanente ante los policías comprados por el cartel, la costumbre de mirar debajo del coche antes de arrancarlo, el nombre en clave de un arma guardada en la oficina, la sensación de vivir señalado por un hombre que pronunciaba tu apellido en llamadas interceptadas. También el reverso incómodo del personaje perseguido: un capo que financió viviendas y canchas deportivas y al que buena parte de los barrios más pobres consideraba un benefactor.
Apoyado en archivos desclasificados de la agencia y en la memoria de quienes estuvieron dentro, el resultado es una crónica de trabajo policial más que una hagiografía. Los autores admiten el miedo, describen los errores, dedican el libro a los policías colombianos y a los civiles asesinados, y dejan constancia de que ninguna versión oficial respalda su relato. Lo que ofrecen es algo más específico: cómo se persigue durante años a alguien que parecía intocable, y qué le cuesta eso a quien lo persigue.