Cinco años después de que un desconocido de piel pálida cruzara su calle con sangre en los brazos y dejara atrás una casa destrozada, Mindy vuelve al instituto para su último curso arrastrando una pregunta que nadie resolvió: qué le…
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Cinco años después de que un desconocido de piel pálida cruzara su calle con sangre en los brazos y dejara atrás una casa destrozada, Mindy vuelve al instituto para su último curso arrastrando una pregunta que nadie resolvió: qué le ocurrió realmente a la familia de Dean, el niño dulce con el que creció y que amaneció convertido en un extraño silencioso. Entre bromas con sus amigos, un affaire sin etiquetas y la llegada de un alumno nuevo de belleza inquietante, la rutina escolar empieza a agrietarse. Una novela juvenil de misterio y romance sobre el duelo, la amistad y la sospecha de que lo sobrenatural ya vive en el pasillo de al lado.
Todo empieza con una tarde cualquiera y una figura que no encaja en ella. Dean y Mindy, dos críos de trece años, ven pasar a un hombre altísimo, de piel blanquísima y sonrisa satisfecha, con manchas de sangre secándose en los brazos. El desconocido se pierde entre los árboles y deja tras de sí un presentimiento que Dean obedece sin explicar: echa a correr hacia su casa. Lo que Mindy encuentra al alcanzarlo —la puerta reventada, un rastro que atraviesa el pasillo, un padre que murió despacio y una madre intacta, sin una sola marca— no es solo una escena del crimen. Es la frontera exacta a partir de la cual el chico que ella conocía deja de existir. Cuando Dean levanta la cabeza, sus ojos miran a través de ella, hacia algo que Mindy no puede ver.
El relato salta a la voz de Mindy en su último año de secundaria, y el contraste es deliberado: despertadores peleados a manotazos, un desayuno abandonado en la sartén, un coche de segunda mano que cruje como una broma privada y la angustia doméstica de haber olvidado peinarse el primer día. Sus anclas son Markus, ordenado, supersticioso y protector hasta el sermón, y Tanya, que estrena identidad con cada curso escolar. Entre los tres funciona esa lealtad ruidosa que se discute a gritos en la mesa del patio y aun así sostiene. En ese equilibrio también cabe Ayden, guapo y bocazas, con quien Mindy mantiene un acuerdo sin sentimientos que Markus le señala como lo que es: un modo de conformarse con menos de lo que quiere.
Dean sigue ahí, más alto que nadie, imposible de ignorar y decidido a que nadie lo toque. Los pasillos se abren a su paso como si el propio edificio le hiciera sitio; no habla, no responde, no reconoce a la niña que fue su vecina y su amiga. Mindy ha traducido ese abandono en desprecio porque el desprecio se lleva mejor que la pérdida, pero su cuerpo la delata: reconoce su olor antes que su cara, y el miedo que él le provoca no nace de nada que Dean haga, sino de algo que lo acompaña. La aparición de Shane —piel imposible, pelo plateado, una marca oscura asomando bajo la manga y una manera de hablar que desarma a cualquiera en tres frases— introduce la variable que faltaba. Su encanto es literalmente aturdidor, y la escena en la que humilla a Ayden sin levantar la voz revela que sabe exactamente cuánto poder tiene.
A partir de ahí, la novela juega con dos tableros a la vez. En el primero, una comedia adolescente perfectamente reconocible: taquillas compartidas, rivalidades de cafetería, celos, el vértigo de gustarle a alguien. En el segundo, las coincidencias que Mindy prefiere no sumar: la palidez antinatural que ya vio una vez, un caso de asesinato jamás resuelto y la reacción de Dean cuando por fin repara en el chico nuevo y atraviesa el pasillo hacia él con una urgencia que no admite explicación inocente. Narrada en primera persona, con un humor cotidiano que hace más filoso el terror cuando asoma, la historia avanza hacia la sospecha de que el trío al que Mindy pertenece está a punto de convertirse en algo más peligroso que un triángulo amoroso, y de que la persona a la que lleva años odiando quizá sea la única que sabe de qué tiene que protegerla.