En la costa oeste de Irlanda, en el invierno de 1860, una muchacha inglesa de veinte años se ha quedado viuda apenas cinco meses después de una boda apresurada.
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En la costa oeste de Irlanda, en el invierno de 1860, una muchacha inglesa de veinte años se ha quedado viuda apenas cinco meses después de una boda apresurada. Sidonie apenas conoció al hombre con quien se casó, y ahora hereda su castillo, su silencio y sus secretos. Cuando una nota anuncia el regreso del hijo desaparecido durante doce años, la soledad del páramo se convierte en algo mucho más inquietante: una convivencia tensa entre una viuda a la que nadie reconoce y un heredero que ha vuelto con una intención muy clara.
Clifden, febrero de 1860. Sobre un promontorio barrido por todos los vientos del Atlántico se alza un castillo antiguo, rodeado de roca yerma y separado del pueblo por más de una milla de páramo. Fuera del muro del cementerio familiar, dos tumbas comparten intemperie: la de la primera señora de la casa, apartada de tierra consagrada, y la de su marido, muerto hace apenas unos meses. Ante esta última reza cada día una joven vestida de negro que apenas tuvo tiempo de aprender el nombre de lo que perdió.
Sidonie Beauchene, segunda hija de un barón arruinado por el juego, aceptó casarse con Dugan de Clare, señor de Clifden, para aliviar la carga que su soltería suponía en casa. Se conocieron en Brighton, se comprometieron en semanas y viajaron a Irlanda casi sin conocerse. Ella fue franca: no le ofrecía amor, pero sí afecto sincero y lealtad. Él calló casi todo — la enfermedad que ya lo consumía y el hijo que se había marchado doce años atrás tras una discusión y del que nadie había vuelto a saber nada. Cinco meses de matrimonio bastaron para convertir a la recién casada en enfermera y a la enfermera en viuda, dueña en usufructo de un castillo lleno de retratos hostiles, corredores que crujen y una historia que los criados prefieren no contar: la de los contrabandistas que atraían barcos contra aquellas rocas, justo frente a la ventana de su alcoba.
Una nota lacrada, sin remitente y dirigida a un muerto, rompe la rutina: una sola línea anuncia la llegada de Corrigan de Clare. Esa misma noche, una tormenta descomunal cae sobre la costa; un rayo calcina el serbal que protegía la casa y, a la luz del árbol ardiendo, Sidonie cree ver a un hombre inmenso cruzando el páramo bajo la lluvia y alzando la vista hacia su balcón. Al día siguiente, un jinete de capa negra aparece por la playa, rodea las tumbas familiares sin descabalgar y llega al castillo. El heredero perdido ha vuelto — más alto, más duro y más frío de lo que nadie recordaba — y sus primeras palabras a la mujer que lo recibe niegan de plano que exista otra señora de Clifden que no sea su madre.
A partir de ahí, la novela avanza sobre una tensión doble. Por un lado, la incomodidad íntima de dos desconocidos obligados a compartir la misma casa: ella, tímida, lectora, resuelta a no marcharse; él, sarcástico y hermético, capaz de pasar de la ternura con el ama de llaves que lo crió a la insinuación hiriente de que la viuda buscaba una herencia. Por otro, el peso de lo que nadie explica — por qué un hombre pidió ser enterrado fuera del camposanto junto a una esposa apartada de la iglesia, qué ocurrió realmente aquella mañana en la que un chico de quince años se fue para no volver, y a qué ha regresado ahora que su padre ya no puede responder.
Con un registro de romance histórico de atmósfera gótica — paisaje hostil, casa con memoria, supersticiones que nadie admite creer y un cortejo vecinal que empieza a resultar demasiado solícito —, la historia se sostiene en la mirada de una protagonista que ha aprendido a no esperar demasiado de la vida y que, sin embargo, no está dispuesta a dejarse expulsar del único lugar que puede llamar suyo. Treinta y tres capítulos, prólogo y epílogo componen un relato de secretos familiares, culpas heredadas y una atracción que ambos habrían preferido no sentir.
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