Ensayo polémico de Manuel Harazem sobre la Mezquita-Catedral de Córdoba y la disputa por su significado. Partiendo de la inmatriculación del monumento a nombre de la Iglesia católica en 2006 y de la movilización ciudadana que la cuestionó,…
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Ensayo polémico de Manuel Harazem sobre la Mezquita-Catedral de Córdoba y la disputa por su significado. Partiendo de la inmatriculación del monumento a nombre de la Iglesia católica en 2006 y de la movilización ciudadana que la cuestionó, el autor examina cómo se construyen y se administran los relatos que deciden a quién pertenece un edificio y, con él, la memoria de Al-Andalus.
Hay edificios en los que la historia no ha cicatrizado. La Mezquita-Catedral de Córdoba es uno de ellos: emblema turístico, orgullo local y, al mismo tiempo, terreno de una discusión que no termina de cerrarse sobre qué parte del pasado español merece ser reclamada como propia. Manuel Harazem toma ese monumento como punto de partida para un ensayo de largo alcance sobre la gestión de la memoria colectiva.
El detonante es concreto y reciente: la inscripción registral del conjunto a nombre de la Iglesia católica en 2006, una operación discreta que años después desembocó en denuncias jurídicas, artículos, blogs y en la aparición de una plataforma ciudadana que reclamaba un uso y una titularidad compartidos. Harazem reconstruye ese proceso y lo utiliza como puerta de entrada a un conflicto mayor, que organiza en varios frentes simultáneos: el simbólico, el jurídico, el arquitectónico y el de las cofradías y los usos rituales del espacio.
El corazón argumental del libro es el examen de un relato: el de la basílica visigoda que supuestamente se alzaba en el solar de la mezquita aljama y que habría sido expropiada y demolida por el poder omeya. Si esa historia fuera cierta, la conversión del edificio en catedral cuatro siglos y medio después quedaría convertida en devolución legítima. El autor rastrea el origen de esa narración, discute la solidez de las fuentes que la sostienen, la compara con leyendas fundacionales similares —como la de la Gran Mezquita de Damasco— y repasa el terreno arqueológico donde la disputa se juega de manera más literal. En paralelo analiza lo que llama su mito gemelo, el de una Granada esencialmente romana, para mostrar que no se trata de un caso aislado sino de un patrón.
Un segundo bloque se ocupa de los cristianos ejecutados en la Córdoba del siglo IX y de su conversión en argumento propagandístico. Harazem propone leer aquellos episodios como un choque político entre un Estado que defendía la paz social y grupos que buscaban deliberadamente la confrontación, y establece un paralelo con las persecuciones del Imperio romano, apoyándose en la historiografía que ha revisado a la baja tanto su alcance como su carácter puramente religioso. También introduce una precisión terminológica que atraviesa todo el libro: la preferencia por hablar de cristianos andalusíes antes que de mozárabes.
De fondo late una tesis más amplia: la identidad española moderna se habría forjado por sustracción, eligiendo un solo hilo —el católico y castizo— y arrancando los otros dos, el judío y el musulmán. Harazem sigue las huellas de esa amputación en la escuela, en el vocabulario historiográfico que llama invasión a una conquista y descubrimiento a otra, en el nomenclátor urbano de Córdoba, incluso en la cocina. El resultado, dice tomando prestada una idea del pensamiento contemporáneo, es una mirada mutilada: sociedades que aman sus monumentos andalusíes y desconocen a quienes los levantaron.
Escrito con voz declaradamente comprometida y desde la implicación personal del autor en el debate cordobés, el libro combina crónica de un conflicto en curso, crítica historiográfica y ensayo cultural. No pretende neutralidad, y esa toma de partido es parte de su propuesta: invitar al lector a preguntarse quién escribe la historia de los lugares que visita y qué intereses sostiene ese relato.
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