Un programador de Nueva York despierta drogado en su puesto de trabajo y descubre que alguien registró su terminal mientras dormía. Lo que empezó como la revisión rutinaria de un error en el software de un cliente lo empuja hacia una trama…
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Un programador de Nueva York despierta drogado en su puesto de trabajo y descubre que alguien registró su terminal mientras dormía. Lo que empezó como la revisión rutinaria de un error en el software de un cliente lo empuja hacia una trama de vigilancia corporativa cuyas raíces se hunden en la desaparición, veinte años antes, de un científico en el este de Europa.
La novela se abre con un marco confesional: un escritor español que pasa el otoño de 2014 en Nueva York, sin dinero y sin rumbo claro, hace escala en la estación de autobuses de Washington y comparte su plato de comida con una pareja de indigentes. A cambio, Jeff y Beth le entregan lo único que les queda: una historia, un puñado de nombres, direcciones y fechas anotadas a lápiz, y unos papeles doblados en cuatro. Le piden que la autopublique, que no confíe en nadie y que no intente localizarlos. El resto del libro es esa historia, reconstruida y dramatizada por quien la recibió.
De ahí arranca un relato que avanza en dos tiempos. En marzo de 1992, un comisario de policía recibe el aviso de que Basili Petrov, científico jefe de una empresa llamada East Dart, lleva días sin volver a casa; la compañía se escuda en la confidencialidad del proyecto y los compañeros callan por miedo a perder el empleo. Los capítulos retroceden unas semanas para mostrar a Petrov haciendo prometer a su mujer que, si algo le ocurre, ella y su hija Olivia no removerán el pasado, y para asistir a la presión creciente de un jefe que exige un prototipo imposible ante la llegada de un patrocinador. Poco después, en un país vecino, un inspector recorre un apartamento casi vacío donde yace un cadáver con las huellas borradas con ácido y el rostro desfigurado. El expediente termina archivado bajo la etiqueta “SIN RESOLVER”.
Veinte años más tarde, en 2012, Jeff arrastra noches sin dormir intentando corregir un error esquivo en la plataforma de un cliente. Trabaja en una mesa colocada en mitad de un pasillo, resto de una promesa corporativa incumplida, y todavía carga con el final de su relación con Rose, compañera de oficina. Una tarde, absorto en sus recuerdos, no advierte al hombre de sombrero y gabardina que lee su pantalla por encima del hombro hasta que una guardia de seguridad lo invita a salir. Esa noche Jeff bebe de su taza y despierta doce horas después con el cursor exactamente donde lo dejó, la cabeza martilleándole y, en el espejo del baño, los signos inequívocos de una reacción alérgica: padece un síndrome que le hace intolerante a casi todo lo que no sea agua, y lo que ingirió no debía provocarle nada. Se fotografía la cara, apunta lo que recuerda en un sistema de escritura propio y empieza a comportarse como alguien entrenado para no dejar rastro, un reflejo que delata un pasado profesional distinto del de un programador cualquiera.
A partir de ahí la novela se convierte en una investigación desde dentro. Jeff busca a Rose, intenta reconstruir quién le encargó revisar aquel bug y qué cliente estaba detrás, y descubre que las piezas —el visitante de ojos claros que le recuerda a alguien de sus pruebas de acceso a una agencia, el disco duro copiado, el error que nadie logra corregir— apuntan a algo que excede con mucho una avería informática. Los títulos de los capítulos trazan la curva: amenazas, un troyano, falsas esperanzas, una agencia y, al final, un punto sin retorno. El prólogo ya ha adelantado el desenlace de sus protagonistas: dos personas hartas de huir, convencidas de que su final se acerca, que negocian un plato de comida a cambio de que alguien cuente lo que saben.
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