Un coche estalla frente a un restaurante de Las Vegas en octubre de 1982 y, con él, la vida que Frank «El Zurdo» Rosenthal había construido en la ciudad sin memoria.
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Un coche estalla frente a un restaurante de Las Vegas en octubre de 1982 y, con él, la vida que Frank «El Zurdo» Rosenthal había construido en la ciudad sin memoria. Esta crónica reconstruye el ascenso de un apostador de Chicago que llevó las apuestas deportivas al Strip, dirigió el mayor complejo de casinos de Nevada y acabó investigado como el cerebro de un fraude multimillonario, mientras su amigo de la infancia Tony Spilotro convertía la ciudad en un problema para todos.
Todo empieza con unas llamas de cinco centímetros que asoman por la salida de aire caliente. El relato en primera persona del hombre que sale ardiendo del coche —la mano derecha en el tirador, el hombro contra la puerta, la certeza de que aquello no ha sido una avería— abre una investigación narrativa sobre cómo Las Vegas pasó de ser un decorado de neón levantado sobre suelo salado a una industria de miles de millones, y sobre quiénes pagaron el precio de esa transformación.
El protagonista es Frank Rosenthal, El Zurdo: nacido en el West Side de Chicago en 1929, criado entre hojas de carreras y cuadras a las cuatro y media de la mañana, formado en las gradas de Wrigley Field y Comiskey Park, donde doscientos hombres apostaban a cada lanzamiento. Su fe no está en la suerte —a la que considera una tentadora que aleja de los datos— sino en la información: los ojeadores, las lesiones que nunca llegan a los periódicos, los partidos que conviene no jugar. Esa disciplina lo lleva de contable adolescente a director de cuatro casinos, con casa junto al campo de golf, doscientos pantalones a medida y la manía de los diez arándanos por bollito.
El libro alterna esa voz confesional con una explicación fría del negocio. Un casino se describe aquí como un palacio matemático: delantales sin bolsillos, palmadas bajo el Ojo Electrónico, fichas apiladas por colores para el recuento continuo, dados trucados que cambian de mano justo cuando un borracho derrama la copa sobre el fieltro. Y detrás de todo eso, la sala sin ventanas donde el dinero se pesa antes que contarse —diez kilos el millón en billetes de cien, veintiuna toneladas el millón en monedas de veinticinco centavos— y donde ocurren los robos que de verdad importan.
En paralelo crece la historia de Tony Spilotro, el vecino del barrio italiano que dormía en literas con cinco hermanos y aprendió temprano el oficio de la violencia. Su llegada a Nevada, el asunto con la mujer del Zurdo y la investigación federal que ambos desatan convierten una jugada que parecía imposible de perder en un desastre para todos los implicados, incluidos los capos ancianos que creían haber encontrado una renta tranquila.