Novela coral de Susan Howatch que sigue, entre 1851 y 1891, a tres generaciones de herederos de Cashelmara, una hacienda de propietarios ingleses enclavada en el oeste de Irlanda.
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Novela coral de Susan Howatch que sigue, entre 1851 y 1891, a tres generaciones de herederos de Cashelmara, una hacienda de propietarios ingleses enclavada en el oeste de Irlanda. Seis narradores se turnan la primera persona —Edward y su esposa Marguerite, Patrick y su esposa Sarah, el padrastro de Ned y el propio Ned— de modo que cada heredero encuentra en su pareja un contrapunto que no repite los hechos, sino que ilumina lo que el otro calla. Al fondo, la Irlanda del siglo XIX: la memoria de la Gran Hambruna y el nacimiento de los primeros movimientos independentistas.
Cashelmara arranca con un hombre que ha convertido dos nombres en territorio prohibido: el de su esposa muerta y el de su propiedad irlandesa. Edward, viudo desde hace ocho años, aristócrata inglés metido en tratados agrícolas y en la vida pública, viaja a Nueva York en la primavera de 1859 con el pretexto de conocer nuevas variedades de maíz y una cosechadora recién patentada en Wisconsin. La razón menos confesable es una correspondencia sostenida con Blanche Marriott, una joven de veinte años, prima política a la que nunca ha visto y cuyas cartas han ido llenando un vacío que ni la amistad ni la costumbre lograban cubrir.
La casa de la Quinta Avenida donde lo reciben es dorada, ruidosa y calculadora. Basta un altercado escuchado a través de una puerta entreabierta para que Edward entienda que su cortejo epistolar fue una maniobra doméstica: un hermano arruinado que instruyó a su hermana bonita para no perder de vista a un pariente rico. De esa humillación nace el verdadero comienzo de la novela. Buscando un rincón donde estar solo, Edward abre una puerta y encuentra a Marguerite, la hermana menor —diecisiete años, miope, pecosa, relegada al segundo plano—, jugando sola al ajedrez. Ante el tablero, y sin que ella le ofrezca una sola frase de consuelo convencional, Edward habla por primera vez de lo que nunca nombra: la muerte de su hijo Louis, contagiado de tifus en Irlanda; el derrumbe de su mujer Eleanor tras aquel viaje; los cuatro años en que dio la espalda a Cashelmara mientras el hambre vaciaba el valle y dejaba las velas apagadas en la iglesia de Clonareen. La culpa del terrateniente ausente es, desde esa escena, el motor moral del libro.
Lo que sigue es una crónica familiar de cuatro décadas. La estructura reparte el relato en seis partes, cada una en boca de un narrador distinto y cada una precedida por una cita de libros de historia sobre los reyes ingleses, un espejo irónico que anticipa el temperamento de quien va a hablar. El procedimiento evita la redundancia: los cónyuges no reescriben la misma escena desde otro ángulo, sino que se reparten los tramos ciegos de la crónica, de manera que el lector siempre sabe algo que alguno de los personajes ignora. Ninguna figura sobra; hasta los secundarios cargan con una función precisa dentro del engranaje de herencias, matrimonios y lealtades divididas.
El telón de fondo no es decorativo. La propiedad se sostiene sobre arrendatarios irlandeses que sobrevivieron a la hambruna, sobre una emigración masiva que llegó a Nueva York para encontrar puertas cerradas, y sobre una tierra donde la agitación agraria y el nacionalismo empiezan a organizarse. Cada generación de herederos recibe Cashelmara con menos margen que la anterior para seguir gobernándola como si fuera Inglaterra. Howatch escribe una novela de época legible como drama doméstico —deseo tardío, matrimonios desiguales, dinero, apellidos— y también como retrato del desgaste de un orden que se agrieta desde dentro mientras cree estar defendiéndose desde fuera.