Massoud Amir Behrani fue coronel de las Fuerzas Aéreas Imperiales de Irán; hoy, en California, recoge basura al borde de las carreteras con un chaleco naranja y se cambia de ropa en el sótano de un hotel para que nadie de su comunidad lo…
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Massoud Amir Behrani fue coronel de las Fuerzas Aéreas Imperiales de Irán; hoy, en California, recoge basura al borde de las carreteras con un chaleco naranja y se cambia de ropa en el sótano de un hotel para que nadie de su comunidad lo vea con el uniforme equivocado. Cuando una casa embargada sale a subasta por una fracción de su valor, cree encontrar la operación que devolverá a su familia el lugar que perdió. Esta novela narra, con voz íntima y precisa, el precio del exilio y la aritmética diaria del orgullo.
Hay un hombre que cada mañana cruza el puente de pie sobre el suelo metálico de un camión del servicio de carreteras, con el periódico apretado contra el regazo para que el viento no se lo lleve. Sus compañeros lo llaman Camello porque aguanta el sol de agosto mejor que nadie. Ninguno sabe que ese hombre calvo de cincuenta y seis años, que bebe té caliente en pleno calor porque conoce leyes del cuerpo que ellos ignoran, fue el coronel Massoud Amir Behrani, oficial de las Fuerzas Aéreas Imperiales, comprador de reactores, invitado en los palacios del sah.
La obra se sostiene sobre esa doble contabilidad. Behrani ficha en un depósito que huele a gasoil, camina cuatro manzanas hasta el aparcamiento subterráneo donde guarda el coche, se lava en los lavabos del hotel, se afeita por segunda vez en el día y sale al ascensor con la corbata bien anudada, listo para volver a ser el hombre que su esposa y sus vecinos necesitan que sea. Durante cuatro años ha sostenido un apartamento imposible sobre la bahía porque Nadereh no consiente que las otras familias sepan lo que queda de ellos, y porque había que casar bien a Soraya. La boda ya se celebró. De los doscientos ochenta mil dólares que trajeron consigo quedan cuarenta y ocho mil, la cifra exacta que su hijo Esmail necesitará para empezar la universidad.
El anuncio aparece en una sección del periódico que nunca había mirado: una propiedad embargada, tres dormitorios, en lo alto de una colina, con la promesa de un mar visible desde el tejado. Behrani pide un día libre, se pone un traje que no lo delate ni por rico ni por pobre y puja con la calma aprendida en otra vida. La casa cae en sus manos por menos de lo que costaría creerlo. Es, piensa, el principio de una recuperación: vivir allí un tiempo, levantar una plataforma para mirar el océano, vender con beneficio y volver a empezar. Nadereh, sin embargo, no oye una oportunidad sino otra mudanza, otra pérdida de forma, y responde encerrándose con su música y su migraña.
Bajo la trama económica late otra cosa: la memoria de la noche en que un avión de transporte robado cruzó el golfo con las mujeres y los niños envueltos en mantas, y la de un amigo, el general Pourat, cuya familia no alcanzó a subir. El narrador ha aprendido a convivir con esas imágenes como quien convive con un clima. La novela observa, sin subrayados, cómo se organiza la humillación cotidiana entre trabajadores que vienen de todas partes, cómo un papel encerado doblado con cuidado dice tanto de un hombre como un uniforme, y cómo una casa pequeña puede volverse el último territorio donde alguien se atreve a ser quien fue.
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