Un padre peruano escribe a su hijo pequeño la historia de cómo llegó a criarlo solo: el reencuentro con un amor de infancia, un matrimonio joven que se deshace, y la decisión de sostener la paternidad desde un régimen de visitas de día y…
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Un padre peruano escribe a su hijo pequeño la historia de cómo llegó a criarlo solo: el reencuentro con un amor de infancia, un matrimonio joven que se deshace, y la decisión de sostener la paternidad desde un régimen de visitas de día y medio a la semana. Entre cartas fechadas, escenas domésticas y la voz de la abuela que comparte la casa, el libro reúne el testimonio íntimo de un vínculo construido a contracorriente.
«Cartas para ti» reúne la correspondencia que un padre dirige a su único hijo, escrita años después de los hechos que la motivan y con la esperanza de que algún día le sirva de guía o, al menos, de compañía. El punto de partida es un relato de origen: cómo Alex volvió a encontrarse, casi una década después, con Stephanie, la niña que había conocido a los seis años; cómo la buscó durante meses probando direcciones de correo hasta dar con la correcta; y cómo aquel reencuentro derivó en un noviazgo intenso, en planes compartidos y en un embarazo que reordenó por completo su vida. Alex cancela estudios en el extranjero, improvisa una propuesta de matrimonio y se prepara para formar un hogar, sin prever que la resistencia de la familia de ella, las prohibiciones de visita, los celos y la distancia entre dos universidades irán deshaciendo lo que creía firme.
El nacimiento de Tom es el centro emocional del libro: la espera de pie durante horas en un pasillo de maternidad, el aviso que llega tarde, la mano diminuta que pelea con un guante, la primera sonrisa. A partir de ahí la narración se vuelve crónica de una crianza a distancia —biberones enviados en taxi, una bronquiolitis, terapias físicas por un retraso motor, moretones que nadie explica— y del proceso que lleva al autor a lo que llama «una vuelta en U»: renunciar al matrimonio para volcarse íntegramente en su hijo, incluidas las gestiones ante autoridades que se resisten a atender su caso.
La segunda mitad abandona el relato corrido y adopta la forma epistolar plena. Cada carta fija una fecha, una hora y un lugar: la mesa de la sala un viernes de septiembre, la abuela peleando con un armario de canastas alambradas, una caminata de treinta y cinco minutos hasta el colegio, una parrilla improvisada en la azotea con ladrillos y ramas de neem, el ciclo del agua repetido hasta memorizarlo. El registro es deliberadamente sensorial y a ratos abiertamente lírico, con metáforas que buscan volver memorable lo cotidiano. Se intercala además un capítulo en primera persona de la abuela, mujer sobreviviente del cáncer y la artritis, abandonada por su marido y endeudada, que vende mercadería en el mercado por veinte soles y encuentra en su nieto la única recompensa clara de su vida.
El índice anuncia un recorrido más amplio —el calvario, el homenaje, la salud, los libros, la amistad, los nietos, los años por venir— que confirma la doble naturaleza del proyecto: por un lado, un archivo afectivo para que un niño entienda de dónde viene; por otro, una toma de posición sobre la paternidad implicada, escrita desde la convicción de que el cuidado no debería ser el tiempo que sobra después del trabajo o del estudio. Es un libro escrito con más urgencia que oficio, y su fuerza está justamente ahí: en la insistencia de una voz que no quiere que se pierda ningún detalle.
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