Una adolescente andaluza conoce por azar a un estudiante francés en la floristería de su madre, y de ese cruce de miradas nace una correspondencia que atraviesa los años noventa.
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Una adolescente andaluza conoce por azar a un estudiante francés en la floristería de su madre, y de ese cruce de miradas nace una correspondencia que atraviesa los años noventa. Entre sobres llegados de París, veranos en el norte y flores que su madre le enseña a nombrar, María descubre el amor a distancia y la manera en que el destino se entromete siempre un momento antes de tiempo.
En un mediodía de julio detenido por el calor, en una ciudad de Andalucía donde ni los pájaros se atreven a romper el silencio de la siesta, María tiene quince años y ayuda a su madre en la floristería familiar. Entran tres chicos franceses que buscan un regalo para la casera de su hostal; uno de ellos, Antoine, vuelve solo minutos después para pedirle su dirección. Ese gesto mínimo abre una correspondencia que durará años y que dará forma a toda una educación sentimental.
Carmen Calero Jiménez construye esta novela sobre dos materiales que se alternan con naturalidad: las cartas que llegan de París, reproducidas con sus fechas y sus vacilaciones, y la voz adulta de María recordando. Antoine escribe sobre su bicicleta por los barrios románticos, sobre Verlaine y Chopin, sobre su desapego hacia las miradas grises del metro parisino; envía casetes grabadas, postales de Van Gogh y de Schiele, y una canción —Ne me quitte pas— que quedará adherida para siempre a un invierno concreto. María responde desde la trastienda donde estudia junto a su hermana pequeña Inés, entre el olor de los tulipanes y las lecciones improvisadas de su madre sobre peonías, geranios y significados heredados de otras culturas.
El relato avanza por estaciones y por viajes. Los veranos en el norte, con sus acantilados, sus barcos de pesca y sus amigos que solo existen en agosto. Un viaje familiar que desemboca, casi por capricho del padre sobre un mapa desplegado, en París: la torre de Notre-Dame entre gárgolas, las Tullerías, una carrera bajo la llovizna por el Boulevard Saint Germain, unos chouquettes probados por primera vez y un beso frente a las pirámides del Louvre. Y después, en la misma noche, una llamada de teléfono que lo interrumpe todo.
Lo que sostiene el libro no es tanto la peripecia como la reflexión sobre el acto de escribir cartas: la impaciencia de la espera, la solemnidad de abrir un sobre, la certeza de que nada de lo que sentimos queda exactamente plasmado en el papel. Alrededor de María se dibujan con calidez su madre, que nunca cierra la puerta a un cliente apurado; Julia, la amiga viuda aficionada al feng shui y a las plantas; el padre callado que propone una partida de cartas cuando la ve triste. Novela breve de aprendizaje y de nostalgia, escrita en primera persona y con la textura de lo vivido, deja constancia de una época en que el afecto viajaba en sobres y tardaba semanas en llegar.
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