Un periodista veterano se enamora de la sonrisa de una mujer a la que apenas conoce y, sin atreverse a decírselo, empieza a escribirle cartas que publica en abierto sin revelar su nombre.
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Un periodista veterano se enamora de la sonrisa de una mujer a la que apenas conoce y, sin atreverse a decírselo, empieza a escribirle cartas que publica en abierto sin revelar su nombre. Dieciséis misivas trazan el arco de una ilusión: del deslumbramiento callado a la confesión, y de ahí a una despedida que decide guardar en un cajón.
Todo comienza una mañana cualquiera de febrero de 2023, en un comercio que el narrador frecuenta un par de veces por semana. Mientras charla con un compañero de la tienda, su mirada se desvía sin buscarlo: una mujer sonríe, y esa sonrisa —que ni siquiera iba dirigida a él— se le queda dentro. Durante meses regresa al mismo lugar, calcula turnos, agradece las colas largas porque le regalan tiempo para observarla de lejos. De ese deslumbramiento sostenido nacen unas cartas que el autor, periodista de oficio acostumbrado a escribir siempre para el mundo, decide publicar en sus redes sin nombrarla nunca. Ella no sabe que son para ella.
El libro está construido como una escalera de dieciséis capítulos, cada uno con un prólogo en prosa y la carta correspondiente, fechada entre octubre y noviembre de 2023. El propio encabezamiento de cada misiva lleva la cuenta del tiempo y del cambio: primero son “cartas casi de amor” para una mujer que no sabe que son para ella; después, sencillamente, cartas de amor para una mujer que ya sabe que lo son. Ese giro es el eje del volumen. Llega cuando el narrador reúne el valor de pedirle una cita y recibe la respuesta que desarma la ilusión: ella tiene su vida hecha, hijos adolescentes, una pareja. Se disculpa, le confiesa la existencia de las cartas y se marcha con la tristeza de quien ha perdido algo que nunca llegó a tener.
Lo que sigue no es rencor sino repliegue. El autor decide dejar de publicar y guardar sus escritos en lo que bautiza como “el cajón de las cartas al cielo”, un depósito privado de un amor que no renuncia a existir aunque no tenga destinatario posible. Las últimas cartas hablan de vulnerabilidad, de palabras que faltan, de la tentación —tomada de un cuento de Sepúlveda— de encerrarse cuarenta días en una “cuarentena de amor” para curarse. Él no lo hace: elige recordar. El cierre devuelve una nota serena, cuando por fin vuelve a encontrarla y descubre que no está ofendida, que las cartas le parecieron correctas, y que aceptará el libro que él quiere entregarle.
Atraviesa el texto una segunda voz, la del reportero. Entre carta y carta asoman Nicaragua y la guerra entre sandinistas y la Contra, Jerusalén y los conflictos de Oriente Próximo, la música en los auriculares para amortiguar las explosiones. Ese pasado de corresponsal funciona como contrapeso: el hombre que estuvo mil veces al borde de la muerte es el mismo que enmudece ante unos ojos y siente el pudor de un adolescente. Y funciona también como fuente de imágenes, junto a un aparato de citas —García Márquez, Nietzsche, Antonio Gala, Borges, Stendhal, Benedetti, Cortázar, Galeano, Lorca— y de canciones y películas que el narrador usa como espejos de lo que le pasa: Serrat, Roberta Flack, Los puentes de Madison.
Es un libro deliberadamente unilateral y consciente de serlo. Ella no habla casi nunca; es sonrisa, mirada, fotografías conseguidas por un medio que el autor prefiere no explicar. Y sin embargo el volumen se pregunta por ella más de lo que su forma epistolar dejaría suponer: por cómo será su vida de madre, trabajadora dentro y fuera de casa, por si todavía se ve a sí misma. La aspiración declarada del autor es modesta y concreta: que estas páginas le recuerden a esa mujer que sigue siéndolo, con mayúscula. El libro se publica con fines benéficos, destinado a una asociación de mujeres afectadas por cáncer de mama, y con una nota inusual en la página de créditos que invita expresamente a copiarlo y difundirlo.