Reunión de tres décadas de cartas de James Agee a James Harold Flye, el sacerdote y maestro que fue su amigo desde la infancia. Del internado de Exeter a los años de madurez, el escritor va dejando por escrito sus lecturas, sus dudas y su…
Descargar
Reunión de tres décadas de cartas de James Agee a James Harold Flye, el sacerdote y maestro que fue su amigo desde la infancia. Del internado de Exeter a los años de madurez, el escritor va dejando por escrito sus lecturas, sus dudas y su vocación literaria en un tono íntimo y sin pose. Edición en español con traducción y notas de Alex Gibert, precedida de un preámbulo del propio destinatario.
En 1919 una viuda de Knoxville se instaló con sus dos hijos junto al campus de St. Andrew’s, en la meseta de Cumberland, y matriculó allí al mayor de ellos, un niño de nueve años al que todos llamaban por su segundo nombre, Rufus. Uno de los profesores del colegio, el padre James Harold Flye, sacerdote de la Orden de la Santa Cruz, se convirtió primero en su maestro y enseguida en algo más difícil de nombrar: un amigo al que la diferencia de edad no estorbaba. Ese vínculo duró treinta y cinco años, hasta la muerte del muchacho —ya entonces James Agee, escritor— en 1955, y estas cartas son lo que quedó de él.
El volumen recoge la correspondencia que va del otoño de 1925, cuando Agee ingresa en la academia Phillips Exeter para prepararse de cara a Harvard, hasta el final de su vida. En las primeras páginas escribe un adolescente desbordado de asignaturas que informa de sus notas con puntualidad casi contable —un diez de álgebra, un seis inesperado en francés, el latín que por fin aprueba—, presume de haber sido nombrado editor de la revista escolar y presidente del club literario, y pasa revista sin descanso a lo que va leyendo: Dos Passos, Dreiser, Hemingway, Sinclair Lewis, Housman, Sylvia Townsend Warner, Whitman. Los juicios son rápidos, arriesgados, a veces injustos, y siempre argumentados con una seriedad que sorprende en alguien de dieciséis años. Junto a ellos aparecen los conciertos en Boston, una visita a la morgue y a la cárcel que le deja un regusto metálico, las funciones de teatro escolares, los premios ganados y los que la prensa le atribuyó por error.
Pero la carta no es sólo un boletín. Entre el inventario de lecturas se cuelan la confesión de las tardes en que se detesta a sí mismo y quisiera golpear la pared, el descubrimiento de que la violencia real no se parece a la de los libros, el amor por los amigos y el desconcierto ante las chicas, la certeza precoz de que preferiría morirse antes que escribir anuncios. Y late, insistente, la queja por la distancia: la promesa de volver a verse, el cálculo de los meses transcurridos, el reconocimiento de que aquella amistad importa demasiado como para sostenerla sólo a golpe de sobres.
El preámbulo del padre Flye, escrito desde la vejez y con una discreción notable, sitúa el origen de todo y explica también sus ausencias: casi ninguna de sus propias respuestas se conserva, extraviadas en las mudanzas de un hombre que perdía papeles con la misma facilidad con que los escribía. Ha preferido, además, que el libro sea enteramente de Agee. Lo que el lector encuentra, así, es el retrato involuntario de una vocación mientras se forma —el material en bruto del autor de “Knoxville: verano de 1915”— y, al mismo tiempo, el documento de una amistad poco común, sostenida durante treinta años por la única fuerza de la escritura.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.