Reunido bajo el signo de la palabra «nadie», este libro de Juan Manuel Roca despliega una poesía epistolar dirigida a destinatarios que no pueden responder: personajes de ficción, poetas muertos, oficios anónimos y el propio autor de otras…
Descargar
Reunido bajo el signo de la palabra «nadie», este libro de Juan Manuel Roca despliega una poesía epistolar dirigida a destinatarios que no pueden responder: personajes de ficción, poetas muertos, oficios anónimos y el propio autor de otras edades. Entre la ironía y la elegía, las cartas trazan el retrato de un país violento y de una memoria que se resiste a desaparecer.
Publicado en 2020 por Editorial Planeta Colombiana, este volumen de Juan Manuel Roca toma como punto de partida una definición de diccionario —«nadie: pronombre indeterminado; ninguna persona, persona insignificante»— y la convierte en programa poético. La palabra se repite luego en once idiomas, como si la insignificancia fuera el único idioma verdaderamente universal, y desde ahí el libro construye su forma: una sucesión de cartas en verso enviadas a quienes nunca acusarán recibo.
Los destinatarios componen un censo deliberadamente heterogéneo. Hay misivas al capitán Ahab a bordo del Pequod, a la Alicia que se hunde en la madriguera, a Óscar Matzerath y su tambor de hojalata, al conde melancólico de Transilvania, al coronel que espera una carta que no llega, a Juan Nepomuceno y su Comala sin mapa, a Edith Piaf en el suburbio parisino, a Walt Whitman ante una Estatua de la Libertad de antorcha congelada. Junto a ellos aparecen los sin nombre: el pintor desconocido que reclamaría una necrópolis entera para su tumba, el soldado que pide a su madre un puñado de proyectiles y un poco de yeso para adelantar su mascarilla, el viejo boxeador cuya sombra decide jubilarse de su cuerpo, los amigos que regresan «como una sombra blanca».
Bajo esa arquitectura epistolar late una obsesión sostenida por el fracaso como forma de conocimiento. En «La calle del error», el hablante prefiere la vereda de los equivocados al salón de las certezas, y celebra a quienes quisieron inventar espejos de hielo, monedas de tres caras o bicicletas de viento: en todos ellos, sostiene, hay más verdad que en los hechos comprobados de la historia. Ese mismo escepticismo desarma la estatuaria heroica —los héroes abolidos que llegan en carromatos al basurero de la historia— y desconfía de los homenajes al vacío, como la tumba del soldado desconocido ante la que el poeta huye del grupo turístico.
El telón de fondo es un país nombrado sin complacencia: «cadáver y sepulturero al mismo tiempo», tierra de buenos modales y malas acciones, de dioses marrulleros y perros desdentados, donde la realidad es un vampiro que no se refleja en los espejos y el porvenir se marchó, aburrido de tanta tardanza. Roca lo escribe sin denuncia frontal, mediante la ironía negra, el catálogo y la imagen desplazada: doce del día perpetuas en un pueblo ribereño, lagos de llanto donde los niños aprenden a flotar, banderas que empiezan a servir como mortajas.
Atraviesa el libro, por último, una línea autobiográfica cada vez más nítida: el niño que se asoma al espejo y saca la lengua, el ciclista que descubre en la cuesta que su rival es él mismo, el anciano en cuya piel de pergamino golpea el muchacho que fue. La escritura misma queda bajo sospecha —«escribir versos se ha vuelto un embrollo desde que supimos que entre una línea y la que viene hay un abismo»—, y sin embargo el gesto persiste: encender una lámpara de aceite en mitad de la noche que se hunde, dejar constancia de lo que se pierde. El resultado es un conjunto de poemas cohesionado por un mismo tono de lucidez desengañada, donde el humor no cancela el duelo y la erudición literaria funciona menos como ornamento que como forma de compañía.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.