Carlos escribe a Lucía después de que ella lo dejara con una metáfora sobre una botella de vodka vacía. Nueve cartas fechadas entre junio de 2013 y febrero de 2015 recorren el desconcierto, los celos, la culpa y la lenta reconstrucción de…
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Carlos escribe a Lucía después de que ella lo dejara con una metáfora sobre una botella de vodka vacía. Nueve cartas fechadas entre junio de 2013 y febrero de 2015 recorren el desconcierto, los celos, la culpa y la lenta reconstrucción de un hombre que amó a la misma mujer desde los diecisiete años. Una historia sobre la distancia, el miedo a comprometerse y todo lo que se calla hasta que ya es tarde.
Una tarde de junio de 2013, Lucía le dice a Carlos que lo suyo se acabó. No hay otro, le asegura; tampoco hay nada que él pueda hacer. Se lo explica, como siempre, con una metáfora: su relación es una botella de vodka vaciada a fuerza de discusiones, celos e incomprensión, y ya no queda ni una gota. Esa noche Carlos empieza a escribirle cartas que ella nunca leerá.
Son nueve, fechadas a lo largo de casi dos años, y funcionan como el diario de una herida. En las primeras domina la incredulidad: Carlos repasa el interrogatorio con el que él mismo forzó la ruptura, calcula si el móvil sonará, borra y reescribe mensajes de madrugada. Luego llega la memoria: el verano en que la vio por primera vez en la playa, con quince años y un bikini rojo, y él fingiendo leer El viejo y el mar para parecer interesante. Diez años de complicidad, planes improvisados y un cuaderno de ideas locas que ahora solo sirven para medir la distancia recorrida.
El relato gira cuando Carlos, incapaz de resistirse, entra en el correo de Lucía y encuentra una carta a una amiga. Allí está la otra versión de la historia: el trabajo que los mantuvo a cientos de kilómetros, el traslado que él no quiso pedir, la duda de haber conocido a un solo hombre en toda su vida, un sábado sola en Málaga que terminó de forma inesperada. Esa lectura no le da respuestas, le da un espejo.
Lo que sigue es menos espectacular y más honesto: la conversación en la que ella reconoce lo que nunca supo decir a tiempo, las frases hechas de los amigos que consuelan mal, la desilusión callada de una madre, las fotos guardadas en una carpeta oculta. Y una conclusión incómoda que Carlos tarda en formular: el miedo que lo llevó a aplazar la convivencia no desapareció, solo cambió de forma.
Escrito en una prosa directa, con versos breves abriendo cada carta, este relato epistolar retrata el duelo amoroso sin épica ni consuelo fácil: el ruido mental de los primeros días, la tentación de vigilar, la lucidez que llega cuando ya no sirve de nada.
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