Antes de que nazcan, alguien decide escribirles. «Cartas a Mark y Manu», de Silvia Nieto, reúne las cartas dirigidas a dos hijos gemelos que todavía habitan el vientre de su madre: cómo empezó ese amor, diez años de espera y una voz al…
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Antes de que nazcan, alguien decide escribirles. «Cartas a Mark y Manu», de Silvia Nieto, reúne las cartas dirigidas a dos hijos gemelos que todavía habitan el vientre de su madre: cómo empezó ese amor, diez años de espera y una voz al teléfono, y también lo que quien escribe quiere dejarles dicho sobre la amistad, el primer beso, la pasión y el duelo. Un diario íntimo, escrito en presente, para leerse dentro de quince años.
Hay libros que nacen de una espera. «Cartas a Mark y Manu» es el cuaderno que alguien abre mientras dos hijos están todavía por llegar, con la convicción de que fotografiar los momentos no basta y de que hacen falta palabras para sostenerlos.
El libro se ordena como una sucesión de cartas breves, cada una con su título y su asunto. Unas cuentan la historia de amor que dio origen a todo: una conversación por internet, una voz escuchada por teléfono a miles de kilómetros, diez años de distancia y un reencuentro en la terminal de un aeropuerto de Madrid, con una maleta morada y una madrugada entera de bares y billares. Otras miran hacia atrás: una relación larga que terminó tarde y mal, el entierro de un amigo joven, el descampado del barrio donde un hermano anunció que iba a ser padre, un 7 de octubre de 2004 en el que alguien no apareció.
Y otras miran hacia adelante y funcionan como legado: qué es el primer amor, cómo se reconoce a un buen amigo, por qué conviene tener una pasión y defenderla, qué hacer con los días en que todo pesa. Entre medias se cuelan textos escritos aparte —poemas en prosa, entradas de un blog, una carta a un sobrino de cinco años— que la voz narradora incorpora sin pudor, porque quiere que sus hijos la conozcan entera.
El resultado tiene el tono de lo escrito de un tirón: frases cortas, enumeraciones, preguntas dirigidas a unos lectores que aún no pueden responder. Hay una habitación por pintar con murales de las series de la infancia, una primera ecografía que arranca lágrimas, un estudio de paredes blancas donde el «yo» más verdadero se asoma. Y hay, sobre todo, una idea que atraviesa el conjunto: que el lugar favorito de cualquiera termina siendo el vientre de una madre, y que escribir es la forma de estar ahí antes de estar.
Un libro de amor doble —a quien los gesta y a quienes se esperan— que ofrece menos una trama que una compañía: la de alguien decidido a dejar constancia por si algún día hace falta.
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