Un mandarín de la China imperial viaja mil años hacia adelante gracias a un cálculo ideado por su mejor amigo y, desde ese futuro ruidoso y ajeno, le escribe cartas que deposita en un punto de contacto entre épocas.
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Un mandarín de la China imperial viaja mil años hacia adelante gracias a un cálculo ideado por su mejor amigo y, desde ese futuro ruidoso y ajeno, le escribe cartas que deposita en un punto de contacto entre épocas. Lo que empieza como una expedición de curiosidad erudita se convierte en el diario de un extranjero absoluto: un hombre que no reconoce la ciudad, ni la lengua, ni a los que dice que son sus descendientes, y que solo dispone de sus buenos modales y de su asombro para sobrevivir a ellos.
Kao-tai, funcionario de la cuarta clase superior y prefecto de una corporación de poetas imperiales, se despide de su amigo Dji-gu en un pequeño puente sobre el Canal de las Campanas Azules y, un instante después, despierta en el mismo puente mil años más tarde. El puente ya es de piedra; las colinas han desaparecido; el río corre en otra dirección; la ciudad ha crecido hasta volverse irreconocible. La primera frase que consigue escribir —“el futuro es un abismo”— vuelve como un estribillo a lo largo de una correspondencia que solo puede viajar en un sentido del tiempo y en un papel muy particular.
La obra está construida enteramente como una serie de cartas fechadas, con una breve nota preliminar que explica que las fórmulas del antiguo estilo epistolar se han simplificado y que las fechas se han convertido al calendario europeo. Ese marco filológico, sobrio y casi administrativo, es el contrapeso perfecto del delirio que viene después: cada carta avanza a tirones, con digresiones, correcciones y disculpas del propio remitente, que reconoce no saber ordenar el torrente de impresiones que lo golpea.
El relato de los primeros días es el de un naufragio cortés. Nadie entiende su lengua —ni siquiera, para su desconcierto, un intérprete tras otro—, su ropa provoca escándalo, un vehículo de hierro que él toma por demonio o jabalí gigante se estrella contra un árbol a su lado, y unos guardias uniformados lo detienen y lo encierran una noche entera. Kao-tai atraviesa el arresto, la comida hirviendo, el instrumento metálico para llevársela a la boca y la caja que emite destellos convencido de estar participando en ritos de purificación, y responde a todo con reverencias medidas en fracciones exactas. Solo un habitante de ese mundo, el señor Shi-shmi, se le aparece como un ser humano y no como un pálido gigante narigudo: lo aloja, le cambia su plata por moneda local y le enseña, palabra a palabra, a orientarse.
El efecto de la novela nace de esa mirada invertida. Todo lo que para el lector es rutina —el tráfico, el asfalto en mal estado, el ruido permanente, la leche de vaca, la corbata, los botones de la bragueta— llega descrito como etnografía de una civilización remota, con hipótesis serias sobre repulsiones magnéticas, sortilegios de fertilidad y jerarquías codificadas en el color de una cinta de tela. La sátira es paciente y nunca alza la voz: se limita a dejar que un observador escrupuloso mida el presente con las reglas de otra cultura y anote, sin rencor, lo que sobrevive a los milenios, que rara vez es lo mejor.
Bajo la comedia late algo más melancólico. Kao-tai sabe que faltan ocho meses para la hora calculada de su regreso, echa de menos a Shiao-shiao y a su amigo, sospecha que su lengua y su pueblo han sido borrados, y sostiene la correspondencia como único hilo con un mundo que ya no existe salvo mil años atrás. Sus cartas son, a la vez, un informe de viaje, una defensa de la cortesía como forma de conocimiento y el testimonio de una soledad muy precisa: la del que llega al futuro por curiosidad y descubre que la curiosidad no tiene vuelta atrás inmediata.
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