Un escritor finlandés en tránsito —dos noches en Londres, luego el traslado en barco y tren hasta Dublín— envía a la mujer que ama una carta que no piensa corregir.
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Un escritor finlandés en tránsito —dos noches en Londres, luego el traslado en barco y tren hasta Dublín— envía a la mujer que ama una carta que no piensa corregir. Entre pubs, cafeterías y habitaciones de hotel anota lo que ve y lo que recuerda: las mujeres con las que fracasó, los matrimonios deshechos, el alcohol medido en ginebras y Guinness, y una nostalgia sexual y afectiva que sostiene el texto de principio a fin. El resultado es un diario epistolar crudo, digresivo y sin coartadas literarias, escrito en la convicción de que todos los libros deberían ser cartas.
El narrador llega a Londres con un cuaderno, un billete de vuelta lejano y una promesa: contarle a su mujer, día por día y durante dos meses, todo lo que ocurra a su alrededor y todo lo que se mueva en su cabeza. Se impone además una regla que funciona como poética del libro entero: no borrará una sola palabra ni añadirá nada al pasarlo a limpio; solo corregirá las faltas de ortografía. Esa renuncia deliberada al pulido es lo que da a estas páginas su textura de material en bruto —repeticiones, contradicciones, frases que se desmoronan a mitad de camino, confesiones que el propio narrador califica de banalidades.
Londres es primero un ejercicio de reconocimiento fallido. Vuelve a Camden Town buscando la calle donde vivió años atrás y encuentra un bloque de ladrillo amarillo donde estuvo la casa, un garaje donde estuvo su taberna. De ahí arranca el inventario de las mujeres que atraviesan el libro: Leena, con la que compartió una habitación helada y comida robada; Tuula, el primer amor y el primer matrimonio roto; Marjukka, de quien acaba comprendiendo que amaba su nombre y sus invitaciones antes que a él. El narrador las declara personajes imaginarios —dice que le resulta imposible guardar rencor a personas que existen— y admite al mismo tiempo que su memoria está deteriorada y que ya no distingue lo vivido de lo inventado, de modo que sus propios análisis le parecen poco fiables.
El segundo movimiento lo lleva a Dublín, en tren nocturno y barco, a una ciudad dominguera y vacía donde los pubs abren tarde, cierran a mediodía y los periódicos están en huelga. Allí el itinerario se vuelve rutina: el hotel Ormond, el Oval Bar, el puente sobre el Liffey, las gaviotas, los ham sandwiches, las pastillas contadas, el intento de pasar de la ginebra a la cerveza para no llegar deshecho al reencuentro. Dublín es también la ciudad donde se descompusieron dos matrimonios, y volver a sus esquinas equivale a volver a las escenas del fracaso sin la protección de la distancia.
Atravesándolo todo hay dos presencias externas que el narrador no logra separar de lo íntimo: el asesinato de Martin Luther King, leído en el periódico la mañana siguiente a un espectáculo de striptease, y las noticias de violencia racial y de Vietnam, que le arrancan una tesis incómoda —que no habrá paz mientras las personas no sean sexualmente libres. El deseo, aquí, no es adorno ni escándalo calculado: es la medida con que se pesa todo lo demás, la nostalgia, el miedo a la muerte, la dependencia del alcohol y de los medicamentos, la certeza de que escribir es reconocer una derrota.
El libro no avanza hacia una revelación ni se cierra sobre una trama. Avanza como avanza un hombre solo por una ciudad extranjera: en círculos, entrando y saliendo de bares, tropezando con recuerdos, escribiendo porque no tiene otra cosa que hacer y porque, dice, no escribiría si no creyera que esto significa algo. Su fuerza está en la honestidad sin coartadas de quien no se protege a sí mismo, en el humor seco que aparece justo cuando la autocompasión amenaza con instalarse, y en la idea que sostiene el conjunto: que una carta admite trivialidades donde un libro no las admitiría, y que por eso todos los libros deberían ser cartas.
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