Un jefe de división del C.I.D. de Glasgow pasa, en cuestión de horas, de explicar a un aula de novatos que un policía no debe dar nunca nada por seguro a inclinarse, pasada la medianoche, sobre el maletero abierto de un coche calcinado en…
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Un jefe de división del C.I.D. de Glasgow pasa, en cuestión de horas, de explicar a un aula de novatos que un policía no debe dar nunca nada por seguro a inclinarse, pasada la medianoche, sobre el maletero abierto de un coche calcinado en un descampado. Dentro hay una mujer joven, muerta desde hace al menos un día, sin nada encima que diga quién es.
La novela arranca lejos de cualquier cadáver: en un aula pequeña y bien iluminada de la escuela de policía de Oxford Street, en pleno Gorbals, donde el inspector jefe Colin Thane cumple con su turno de conferenciante invitado ante diez aspirantes cuyos uniformes todavía conservan los pliegues de la sastrería. Lo que les deja como resumen de cuarenta minutos son dos ideas: que no hay que dar nada por seguro —aunque todo indique que llueve, la única prueba es salir y mojarse— y que la discreción, esa mezcla de sentido común, corazonada y un punto de humanidad, no se enseña, se aprende por la vía dura y se paga después. Thane habla desde una humillación reciente y menor: una ladrona de tienda que lloró, prometió pagar y resultó tener cinco condenas previas en otra división.
Alrededor de esa lección, el relato construye con paciencia el mundo en el que va a ocurrir todo. Una fuerza policial seiscientos hombres por debajo de lo legalmente establecido. Un Gorbals casi demolido, con sus tugurios sustituidos por bloques altos, un vecindario nuevo de comerciantes y conductores de autobús, y un césped protegido por un cartel que la gente respeta incluso las noches de sábado, cuando vuelven las peleas. Y la comisaría de Millside, un bloque de granito gris de falso gótico condenado a la mudanza, con su estatua de la justicia rebautizada por la tropa y su expediente diario de cobradores atracados, robos en casas acomodadas y reyertas portuarias que se desinflan solas.
El centro humano del libro es una pareja desigual. Thane —cuarentón, corpulento, exboxeador, el jefe de división más joven de la ciudad y con fama de heterodoxo en Jefatura— y el inspector Phil Moss, su segundo: menudo, gris, cercano a los sesenta, con un traje que parece dormido puesto, una úlcera ruidosa que trata con pastillas de herbolario y un talento metódico que sostiene la división. La relación entre ambos, nacida sin resentimiento pese a que el mayor fue desbancado por el más joven, avanza en un registro de pullas secas que la novela usa como termómetro y como alivio.
Dos hilos se dejan colgando antes de que caiga la noche. Uno es un aspirante llamado Robert Deacon: el más apto de su promoción, buen piloto de rallies, experto en inventar excusas para eludir el trabajo y decidido a entrar en el C.I.D., cuyo Mini Cooper aparcado donde no debe basta para señalarlo como un problema futuro. El otro es una tal Doreen Ashton, que ha llamado dos veces preguntando por Thane en persona, ha dicho que se trataba de algo importante y confidencial, y no ha vuelto a llamar.
El golpe llega cuando Thane por fin ha logrado ser padre y marido una tarde entera —un festival de natación escolar, una copa a medias en el sofá— y suena el teléfono. En Leyland Street, un sector tranquilo de casas alineadas que rara vez aparece en el mapa de localización delictiva, dos chicos han metido cerillas encendidas en el depósito de un Volvo abandonado y desguazado por piezas. La explosión les ha causado quemaduras leves y ha abierto el maletero. Cuando Thane llega, hay focos, un forense, un superintendente del Departamento Técnico que solo se presenta cuando el caso promete, y un olor que reconoce antes de ver nada. La lección de la tarde deja de ser teoría.
Es, en suma, una novela de procedimiento policial de las que confían en el detalle antes que en el efecto: la ciudad como personaje, el trabajo como rutina interrumpida por el horror, el humor negro como higiene profesional y una primera víctima sin nombre que obliga a empezar por el principio.