Un narrador de treinta y siete años, bajista de un grupo y padre soltero, decide durante el verano de 2018 que ha empezado a pudrirse: sudor, calvicie, memoria porosa, un cuerpo que ya no reconoce como propio.
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Un narrador de treinta y siete años, bajista de un grupo y padre soltero, decide durante el verano de 2018 que ha empezado a pudrirse: sudor, calvicie, memoria porosa, un cuerpo que ya no reconoce como propio. Casi al mismo tiempo descubre que la Barcelona donde aprendió a vivir con poco —las cervezas a un euro, los bares feos del Raval, el juego de gastarlo todo en discos— ha desaparecido bajo el ladrillo visto y los vermuts de domingo. De esa doble expulsión, la del cuerpo y la de la ciudad, nace una crónica en primera persona tan cómica como corrosiva sobre la obligación de madurar.
Todo empieza con una constatación sin épica: el narrador se está pudriendo. Lo detecta en el verano de 2018, en detalles menores y humillantes —las camisetas convertidas en trapos húmedos, el pelo que se retira, la incapacidad de retener el nombre de alguien recién presentado, un juego de espejos montado alrededor de la cabeza para medir el avance de la calvicie—, y en la sospecha de que ya no está más cerca del nacimiento que de la muerte. Tiene treinta y siete años, una hija, ningún ahorro y un ventilador heredado de casa de sus padres. Los adolescentes empiezan a llamarle «señor».
La segunda revelación llega la misma noche en que sale a beber con un viejo amigo que ha bajado a Barcelona por unas semanas. Los dos son bajistas, los dos están arruinados por alquileres desmesurados y deudas encadenadas, y los dos esperan una borrachera memorable al precio de siempre. Pero el bar donde durante años encontraron refugio ya no sirve cervezas a un euro, y ningún otro local de la zona lo hace. Recorriendo la ronda de Sant Pau descubren que la ciudad ha dejado de tener sitio para ellos: la noche termina con unas latas de supermercado y un abrazo triste. Doblando una esquina se topan además con el escenario exacto de su exclusión, una calle que parece un decorado importado de cualquier otra capital, con mesas toscas, bombillas Edison, cervezas artesanas y hamburguesas de kilómetro cero. Es la calle Parlament.
De ahí en adelante el libro se organiza como una investigación voluntariamente absurda y profundamente seria: si madurar consiste en aceptar el sitio adonde van los adultos —dinero, piso y muerte—, entonces habrá que ir a conocerlo. El narrador inventaria sus prejuicios en una lista feroz sobre emprendedores con el portátil abierto sobre el vermut, fotógrafos que llaman fanzine a un objeto de veinticinco euros, galerías siempre vacías salvo en las inauguraciones con cerveza gratis, negocios nuevos que conservan el rótulo del antiguo para fingir respeto por un barrio que están vaciando. Y luego se calza sus harapos de siempre —tres pantalones negros, diez camisetas de grupos— y baja a mezclarse con esa fauna, consciente de que no logrará camuflarse.
Lo que sostiene el texto no es la sátira, sino la honestidad con la que el narrador se incluye en aquello que desprecia. Reconoce que el rencor hacia los pisos turísticos nace de no poder ser el turista; que la lucha contra la degradación física es legítima y tiene que ver con seguir siendo compatible con el deseo ajeno; que sus juicios sobre taxistas o vecinos de bien son atajos mentales que preferiría no tener. Hay una defensa nítida —casi una ética— de los lugares humildes donde apenas se distingue al cliente del que trabaja detrás de la barra, de la cena hecha con frankfurts y patatas en un bordillo, de la belleza que solo aparece fuera de campo; y hay, a la vez, la sospecha de que sostener esa posición pasados los treinta y cinco deja de ser una elección estética para convertirse en algo penoso.
El resultado es una crónica generacional escrita desde la precariedad y con un humor que no busca consuelo: el retrato de un hombre que renuncia a reformar su cuerpo y decide, en cambio, adaptar su vida al traje nuevo; y el de una ciudad que aprendió a expulsar a los suyos sin levantar la voz, simplemente subiendo cuarenta céntimos el precio de una cerveza.