Tres voces de mujer rodean un mismo asunto: el cuerpo que gesta para otros y lo que ese trabajo deja alrededor. Una niña observa desde el jardín a la tía embarazada que la familia sienta aparte, en la terraza, lejos de la foto familiar.
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Tres voces de mujer rodean un mismo asunto: el cuerpo que gesta para otros y lo que ese trabajo deja alrededor. Una niña observa desde el jardín a la tía embarazada que la familia sienta aparte, en la terraza, lejos de la foto familiar. Una escritora cena en Brooklyn con la amiga chilena que está a punto de irse, mientras ambas hacen inventario de despedidas, herencias y enfermedades. Y en la casa de un patrón, tres mujeres esperan entre el ruido de una perforadora. El libro no denuncia ni explica: deja que la gestación por encargo, el linaje y el abandono se digan solos, en el registro que a cada voz le corresponde.
Bajo un epígrafe de Josefina Vicens sobre la experiencia como “una triste riqueza” que sirve para saber cómo se debió vivir pero no para vivir de nuevo, esta obra se organiza en voces sucesivas —Rocío, Carolina, Raquel— que no cuentan la misma historia pero comparten un mismo centro de gravedad: el vientre convertido en oficio, en mercancía y en herencia.
La primera voz pertenece a una niña en una fiesta familiar. Desde la mesa del jardín vigila a la tía Rocío, a quien acomodan aparte, en un sillón de la terraza, con su televisión, su dieta, su agua verde y una muchacha —apenas mayor que la narradora— encargada de cuidarla. Los primos ofrecen explicaciones rivales del embarazo perpetuo de la tía: para uno es un feto fantasma, un bebé imaginado con tanta fuerza que el cuerpo se lo creyó; para otro, es simplemente su trabajo, hacer y vender bebés. La niña cruza el jardín para preguntárselo a ella y descubre, sin nombrarlo, lo que los adultos callan: que a la tía no la sentarán en la foto de “toda la familia” porque están enojados con ella. El humor infantil y la fantasía de la narradora —también quiere fabricar hijos cuando sea grande— sostienen una escena cuyo filo solo el lector alcanza a ver.
La segunda voz es la de una escritora mexicana de treinta años que cocina y cena en Brooklyn con Carolina, la amiga chilena con la que compartió casa y una temporada de tristeza compartida, y que ahora vuelve a Santiago. Entre pimientos rellenos, kale tostado y té de menta, la conversación recorre lo que ambas están dejando: una vena tapada y un coctel de anticoagulantes, la madre envejecida a la que la narradora abotona las camisas y peina, el padre de otra nacionalidad, una novela demorada, un documental en marcha sobre una artista que debe repintar su propia obra perdida. La narradora imagina sus textos como hijos a los que cría mal y a los que teme heredar los “genes malditos” de la familia. Es un capítulo de amor no correspondido y de despedida sin ceremonia, escrito desde la lucidez de quien sabe que el afecto que da es más pequeño que la libertad de la otra.
La tercera voz cambia de sintaxis y de temperatura. Quedan tres mujeres en la casa del patrón —la mayor, la de en medio y la menor, Raquel—, tumbadas en los sillones floreados mientras afuera un hombre perfora el suelo: trac-trac-trac. En un tejido de frases breves que alternan presente y memoria, se van revelando sus vidas: dos hijas perdidas al otro lado del mar, un empleo alimentando serpientes en un zoológico extranjero, un abuso escolar cerrado con seguro en un excusado, un túnel médico de la infancia, unos senos que gotean leche cuando el vientre ya no se alquila, un fajo de billetes escondido en la falda. Un hombre ha reservado a la menor para esa noche. La prosa avanza por acumulación y repetición, como el taladro, hasta que la convulsión y la espera vuelven a empezar.
Lo que une a las tres piezas no es la trama sino un procedimiento: la mirada que observa y sabe que la observan, el cuerpo femenino leído como propiedad, trabajo o linaje, y un ruido de perforación que atraviesa la ciudad y la casa. La obra pasa de la comedia doméstica al ensayo íntimo y de ahí al coro fragmentario, y confía en que el lector complete lo que ninguna de sus narradoras está en posición de decir del todo.