Una estrella televisiva aparece asesinada en su casa de lujo y el país entero dicta sentencia antes que la justicia: en medio del circo mediático, un juez de instrucción metódico y algo aprensivo debe sostener la presunción de inocencia…
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Una estrella televisiva aparece asesinada en su casa de lujo y el país entero dicta sentencia antes que la justicia: en medio del circo mediático, un juez de instrucción metódico y algo aprensivo debe sostener la presunción de inocencia contra la certeza colectiva.
Faltaban tres semanas para que Carolina cumpliera veintiocho años cuando su vida terminó sobre la alfombra de piel de cebra que presidía el salón de su casa nueva. Había llegado hasta allí por la ruta que la época consagró: castings de realities, un programa de citas, un puesto efímero en un concurso de baile, cirugías, bolos en discotecas y el apodo de «la Kim Kardashian española». En una de esas fiestas conoció a Ricardo Figueroa, constructor de cincuenta y tres años, albañil en los noventa y millonario en el cambio de siglo, con contactos políticos, dinero repartido en paraísos fiscales y un expediente de corrupción del que salió no solo impune sino reforzado. Seis meses después de conocerse estaban prometidos, ella embarazada, la casa decorada, todo cumplido.
La novela arranca la mañana siguiente, con una llamada telefónica que interrumpe el desayuno de Andrés Ávila, juez de instrucción desde hace quince años en una ciudad donde los homicidios son rareza estadística. Andrés es un hombre de trajes hechos a medida, gato de ojos verdes, mayordomo inglés y estómago frágil: se desmaya en la escena del crimen y necesita que la forense, aficionada al humor negro y a los adornos góticos, lo atienda antes que al cadáver. Frente a él, un escenario de lujo estridente y violencia real: destrozos por toda la habitación, una esfera de mármol de casi un kilo como arma, huellas ensangrentadas dejadas por un chihuahua, y una víctima cuyo nombre auténtico no coincide con el que el país conocía.
La investigación avanza mientras el caso se convierte en otra cosa. Las cámaras de la urbanización no funcionaban; el vigilante discutía con su novia por mensajes; la alarma llevaba meses desconectada desde que unas fotos íntimas se filtraron desde las propias cámaras domésticas; la puerta había quedado abierta. Cualquiera pudo entrar. Pero el prometido vivía allí, se acoge a su derecho a no declarar y no tiene coartada verificable para las horas de un viaje nocturno a Madrid que nadie puede confirmar. Alrededor, un país entero se pronuncia: manifestaciones convocadas antes de la autopsia, tertulias donde antiguas rivales lloran a su «queridísima amiga», políticos en año electoral que encuentran en el crimen una cortina de humo o un arma arrojadiza, una ONG fundada el mismo día para levantarle un monumento, calles que ya llevan su nombre. Ni una sola voz a favor del acusado.
El relato lo narra Ana, mejor amiga de Andrés desde la facultad de Derecho, administrativa por resignación y autora de novelas eróticas bajo el seudónimo de Kiki de Monpelier. Su voz —irónica, atenta a la ropa y a los detalles domésticos, escéptica ante la criminología de sobremesa que las series han instalado en todo el mundo— acompaña al juez en cenas donde no puede contarle nada del caso y sin embargo se lo cuenta casi todo. Entre el inspector veterano al que llaman «el tío de la lotería», la novata informática que nadie sabe cómo aprobó las pruebas y una defensa de tres abogados que habla por su cliente, la instrucción se sostiene sobre pruebas circunstanciales mientras la presión institucional roza lo inconstitucional. Queda la pregunta que nadie fuera del juzgado se molesta en formular: si el culpable evidente es el culpable, y qué queda de la presunción de inocencia cuando el veredicto ya se emitió en directo.