Una contable de provincias, respetable y de vida ordenada, cruza sin darse cuenta la frontera que separa la honradez del delito: primero un pleito civil interminable que la arruina, después una cadena de talones sin fondo cobrados en…
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Una contable de provincias, respetable y de vida ordenada, cruza sin darse cuenta la frontera que separa la honradez del delito: primero un pleito civil interminable que la arruina, después una cadena de talones sin fondo cobrados en joyerías de ciudades pequeñas, y al final los calabozos, el juzgado y la cárcel de mujeres. Narrada en primera persona por Berta Costaleda, esta novela testimonial reconstruye más de cuatro años de prisión en la España de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, y con ellos el aprendizaje forzoso de un idioma nuevo: el de las rejas, los traslados, los cacheos y las lealtades que solo nacen dentro.
Todo empieza con un error de cálculo. La narradora ha bajado del tren en una ciudad de provincias que un taxista le describió como grande y que resulta ser demasiado pequeña para lo que ha venido a hacer: colocar un talón sin fondo en una joyería y salir antes de que nadie sospeche. Falla en la primera, insiste en la segunda y comete la torpeza —ella misma la llama increíble— de probar en una tercera. Cuando la puerta se abre y entra un hombre con gabardina, la escena tiene la calma de lo ya vivido. No hay huida ni sobresalto: hay oficio. La mujer conoce los trámites, los artículos, los plazos y las conveniencias de una declaración; sabe mejor que los propios agentes qué le interesa confesar y qué callará pase lo que pase. Los motivos, esos, no piensa darlos.
De ahí hacia atrás se despliega la historia. Antes de ser una mujer fichada, Berta Costaleda fue contable en una fábrica de harinas, con estudio, trabajo y buenas costumbres, instalada en esa medianía burguesa acomodada que parece a salvo de todo. La fábrica funcionaba, como tantas, con doble contabilidad y con inspectores que se marchaban con un sobre; cuando el negocio cambió de manos y llegaron los recelos, el enfrentamiento derivó en un pleito civil que duró siete años, devoró el patrimonio y no llegó nunca a decir su última palabra. En ese punto muerto, entre costas judiciales y fincas anotadas, aparece el primer delito, y con él el primer eslabón de una cadena que ya no se detiene.
La segunda mitad del relato es el descenso metódico: los calabozos de comisaría con su banco de piedra y su ruido incesante de llaves; la ficha, las huellas, las tres fotografías; los sótanos del Palacio de Justicia con las paredes escritas; la puerta —engañosamente acogedora— de la prisión de mujeres. Allí la narradora aprende la jerga, los trucos, el reglamento que las novatas ignoran y que todo el mundo aprovecha, y sobre todo aprende a mirar de otro modo a las mujeres que la rodean: la cacheadora que habla de sus hijos mientras la registra desnuda, las condenadas cuyo expediente policial describe a alguien que no existe, las que esperan indultos que no llegan. Entre traslados de una prisión a otra, salidas en libertad provisional y regresos, suma más de cuatro años tras los muros y una experiencia carcelaria que pocas mujeres han tenido.
Lo que sostiene el libro no es la peripecia delictiva sino su temperatura moral. La voz que narra no pide indulgencia ni construye una coartada: expone los hechos, admite haber cumplido lo que le impusieron y se niega a absolverse a sí misma. A cambio reclama algo más incómodo para quien lee desde fuera: que la respetabilidad es un equilibrio frágil, que nadie tiene garantizado el suelo que pisa y que entre la vida honrada y el número de una ficha puede mediar mucho menos de lo que conviene creer. Escrito desde dentro y dedicado a las compañeras que quedaron en las galerías, el texto funciona a la vez como novela y como documento de un sistema penitenciario, judicial y social visto a ras de suelo. La muerte de su autora, ocurrida en circunstancias trágicas cuando el libro entraba en su tercera edición, terminó de dar a estas páginas la densidad de un testimonio que no admite lectura cómoda.