En Cádiz, donde febrero manda y el carnaval funciona a la vez como oficio, religión y ajuste de cuentas, un escritor bloqueado encuentra por azar la historia que llevaba años buscando.
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En Cádiz, donde febrero manda y el carnaval funciona a la vez como oficio, religión y ajuste de cuentas, un escritor bloqueado encuentra por azar la historia que llevaba años buscando. Se la entrega, a media voz y en cafeterías de las afueras, un postulante de comparsa harto de ser tratado como pieza menor. A partir de esa confidencia, «Carnaval de ojos negros» levanta el telón de la cara b de la fiesta: los egos de autores consagrados, las cuentas anónimas que muerden desde la sombra, las voces jóvenes que se queman a la misma velocidad con la que ascienden. Paco de Paula firma una novela coral, callejera y de lengua afilada sobre lo que cuesta pertenecer a algo que solo dura un mes al año.
Todo empieza con un mensaje de un desconocido. Un escritor gaditano que hace años que no escribe —atrapado entre el consejo editorial de «aléjate, eres muy local» y la certeza de que solo sabe contar Cádiz— acepta tomar café con un tal Lolo Romero, nombre falso, postulante de una gran comparsa. Romero quiere contar la parte sucia de la fiesta, la que no sale en la retransmisión: se cita en callejones y parques vacíos, habla bajito, teme que lo reconozcan. Su testimonio se corta de golpe cuando la comparsa deja de confiar en él, pero para entonces ya ha encendido la mecha. De ese material nace el libro.
Lo que sigue es un mosaico de voces atrapadas en la misma órbita. Chano Quintero, autor de la vieja escuela y rey destronado, ve el concurso cada noche desde un despacho a oscuras, entre premios y libretos amarillentos, y descarga su rencor en Twitter tras el anonimato de @DonPiriñaca58, «el azote del progreso en el carnaval». Su rabia tiene una diana concreta: Fabi Otero, autor hipermediático de comparsas monumentales que llena teatros y agendas por todo el país, y que además es su hijo, aunque haya elegido pasear el apellido de su madre. Entre los dos, en el pasillo, Manoli intenta que alguien baje a cenar.
Y está Palermo, el octavilla. Voz privilegiada desde la cantera, fichaje estrella, primer premio en su primer año, miles de seguidores de un día para otro, autobuses, galas, dinero y bolsitas en el bolsillo del vaquero. Su relato llega desde una consulta médica en Madrid, dirigido a un doctor que no conoce el argot, y avanza desde la euforia hasta el desmoronamiento: un cambio de director, una humillación en un ensayo de diciembre, un cabezazo, y después el silencio del teléfono, la etiqueta de «gente conflictiva» y el ostracismo de una ciudad pequeña con memoria larga.
De Paula alterna la prosa encendida del prólogo-manifiesto sobre Cádiz con el monólogo, la escena novelada y el rumor de sobremesa, y construye así un retrato de la fiesta que evita tanto la postal turística como el desprecio del que la mira por encima del hombro. Aquí el carnaval es trabajo, clase, jerarquía y venganza: pobres pariendo pobres, carnavaleros pariendo carnavaleros, y un puñado de personas que solo se sienten reales cuando hay ojos enfocándolas. Una novela sobre la ambición y su factura, sobre las redes sociales como trinchera, sobre padres e hijos que compiten por el mismo escenario, y sobre esa dependencia que ninguno de ellos llama por su nombre.
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