Rey de España, señor de las Indias, duque de Borgoña y emperador: Carlos V lo tuvo todo y de todo se despojó para morir en un monasterio extremeño.
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Rey de España, señor de las Indias, duque de Borgoña y emperador: Carlos V lo tuvo todo y de todo se despojó para morir en un monasterio extremeño. Miguel de Ferdinandy parte de esa paradoja para escribir menos la crónica de un reinado que el retrato interior de quien lo ejerció. Con las herramientas de la psicología de Jung, pero en lenguaje de historiador, reconstruye la familia, la educación y la fe del César, y esa soledad acompañada que fue su verdadera patria.
Los hombres matan y mueren por alcanzar el poder; muy pocos lo dejan por voluntad propia. En ese gesto —la abdicación y el retiro a Yuste— cifra Miguel de Ferdinandy el enigma que da forma a este libro. No niega la historia política: Pavía, el enemigo dinástico Francisco I, la coronación imperial, el concilio, el desastre de Metz están aquí. Pero el autor los mira desde otro ángulo, el del hombre que, según la fórmula que toma de Burckhardt, ve volatilizarse sus objetivos justo cuando cree alcanzarlos, y que pertenece a los que fracasan ante el éxito.
El método es declarado sin rodeos en el prólogo. Ferdinandy es historiador, no médico: no analiza ni cura a un muerto de hace cuatro siglos, lo caracteriza. Las categorías de C. G. Jung —la introversión ante todo— sostienen la lectura desde abajo, señaladas en nota, mientras la superficie del texto conserva la lengua y el pulso del oficio histórico. De ahí sale un Carlos doble: el biznieto de Carlos el Temerario, jinete resistente y cazador que reta a duelo singular a un rey de Francia, y el cuerpo temprano gastado, la gota, la boca habsbúrgica, los desmayos, un hombre que a los cuarenta se sabe quebrantado.
El retrato se ensancha hacia la estirpe. Frente a los príncipes que reinan como flores al sol, los Habsburgo visten de negro y cargan el mando como destino abrumador; el libro rastrea esa ambivalencia desde Rodolfo I hasta los últimos herederos, y encuentra su prefiguración en Portugal: Enrique el Navegante, entronizado entre cuervos en la roca de Sagres, primer maestro de una reclusión elegida que llevará luego a El Escorial, a Hradschin y a Yuste. Locura de Juana en Tordesillas, órdenes de caballería, el Toisón de Oro como religión: todo entra en el tejido.
El prólogo de Álvaro Mutis, Premio Cervantes, sitúa esta obra en la parte de la historiografía que renuncia a las lecciones ejemplarizantes y desciende a los mitos y obsesiones que gobiernan a los pueblos. Traducción de Salvador Giner.
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