Un recorrido por la vida cotidiana en la España del siglo XVI, desde el protocolo de la corte de Carlos V hasta las costumbres del pueblo llano: moda, higiene, fiestas, viajes, comida, infancia, amor y muerte.
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Un recorrido por la vida cotidiana en la España del siglo XVI, desde el protocolo de la corte de Carlos V hasta las costumbres del pueblo llano: moda, higiene, fiestas, viajes, comida, infancia, amor y muerte.
Cuando Carlos de Habsburgo desembarcó en las costas asturianas en 1517, era un adolescente callado que no hablaba castellano y llegaba rodeado de consejeros flamencos. El país que encontró le resultó tan chocante como él a sus nuevos súbditos: tocados imposibles, bailes desconocidos, fiestas de toros y cañas, y una nobleza de pequeña estatura y gran orgullo que lo miraba con desconfianza. De ese encuentro —y del largo proceso de amoldamiento que siguió— parte este libro, que no se ocupa de tratados ni de campañas militares, sino de la historia pequeña: la que convierte a un emperador y a sus españoles en personas reales, con sus problemas diarios, sus manías y su manera de encajar en un mundo que estaba cambiando de forma vertiginosa.
La obra se organiza en dos miradas que rara vez se cruzaban: la del cortesano y la del pueblo llano. En el primer plano aparece la corte como maquinaria de precisión, un microcosmos donde el protocolo borgoñón funcionaba a la vez como libro de instrucciones y como instrumento político. El lector descubre por qué eran nobles quienes doblaban pañales o vaciaban el orinal real, qué privilegio encerraba el gesto de dar la camisa al monarca, quién dormía en la habitación del rey, cómo un simple sombrero desató un pulso de poder que acabó formalizando la grandeza de España, y de qué modo la ostentación, los arcos triunfales y los grabados con la efigie imperial constituían una auténtica campaña de imagen. También asoman las figuras más singulares de aquel avispero de codazos y disimulo: los monteros de Espinosa que velaban el sueño del rey, los reyes de armas que viajaban a declarar guerras entre insultos, o Francesillo de Zúñiga, el sastre convertido en bufón y cronista mordaz del emperador.
En el otro plano se despliega la vida común, marcada no por relojes sino por las campanas que llamaban a maitines o a vísperas. Los capítulos recorren la moda y sus excesos, el miedo a lavarse y la escasa limpieza de las ciudades, los banquetes y las comidas humildes, los caminos, las ventas y posadas, el teatro y los naipes, la música y las fiestas populares. Y avanzan por el ciclo entero de la existencia: el parto en el que la mujer se jugaba la vida, la crianza y el aprendizaje de los niños, la condición de la doncella, la casada, la viuda o la religiosa, hasta llegar al arte del bien morir, las exequias y el purgatorio.
El telón de fondo es un Renacimiento entendido como tiempo de contrastes: se estudia astronomía y astrología a la vez, se cartografía una Tierra redonda mientras se calculan los días que faltan para el juicio final, se exalta al hombre y se recela de la mujer, se respira libertad intelectual y se teme al hereje. Con un tono divulgativo, ágil y salpicado de comparaciones con el presente, el libro reconstruye la vida real —de la cuna a la tumba— en la España de Carlos V.
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