Tres amigas madrileñas —una profesora que empieza de cero tras una ruptura, una empresaria de la moda acostumbrada a mandar y una gaditana con vocación de fiesta— sostienen entre Milán, Madrid y Tarifa una complicidad a prueba de todo.
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Tres amigas madrileñas —una profesora que empieza de cero tras una ruptura, una empresaria de la moda acostumbrada a mandar y una gaditana con vocación de fiesta— sostienen entre Milán, Madrid y Tarifa una complicidad a prueba de todo. Cuando un viaje a la Semana de la Moda pone a Andrea frente a un fotógrafo francés, lo que iba a ser un capricho de vacaciones abre la primera grieta en un equilibrio muy bien guardado. Novela romántica contemporánea, con humor, deseo y decisiones que llegan sin avisar.
Hay amistades que funcionan como una casa: se entra sin llamar y se dice todo. Esta novela parte de esa idea y la lleva a tres ciudades —Milán, Madrid y Tarifa— para contar cómo tres mujeres treintañeras sostienen sus vidas mientras estas cambian de forma bajo sus pies.
Sira despierta cada mañana con el olor del café y la cuenta atrás del final de curso. Da clases a seis minutos de casa, pasea a su perra por un Madrid que se despereza y ansía sombra, silencio y un libro; viene de una ruptura larga y todavía está aprendiendo a habitar la palabra «libre». Andrea, amiga suya desde el instituto, regresó de Londres para tomar las riendas del negocio familiar y hoy dirige boutiques en varias ciudades con una mezcla de olfato comercial y desparpajo. Isabel, la tercera del trío, es el cumpleaños que hay que celebrar, la frase gaditana que se les queda pegada, la voz que ninguna de las dos deja de citar.
El motor de la historia se enciende en Milán. Un viaje regalado, un asiento en segunda fila de la Semana de la Moda y una amistad improvisada con una redactora local bastan para que Andrea baje la guardia. En el backstage de un desfile se cruza con Alan, fotógrafo francés de madre española, y lo que empieza como un juego de réplicas ingeniosas —el cigarrillo que él desaprueba, la edad que ella lo obliga a adivinar, la frase en francés que él repite como una promesa— se convierte en cuatro días de deseo, conversación y prisas contadas. Andrea, que siempre ha puesto fecha de caducidad a sus relaciones y que necesita llevar el control incluso en la cama, descubre que el regreso a Madrid ya no es solo una fecha en un billete.
El relato avanza pegado al detalle sensorial: la terraza del Duomo tras doscientos cincuenta escalones, las paredes de piedra de una trattoria que huele a orégano, la primera calada en la frialdad de la noche, el abrigo color champán, las colecciones que desfilan sobre alfombras persas. Ese mundo de moda y luces convive con lo doméstico y lo íntimo —las llamadas entre amigas, las bromas privadas, los silencios de una pérdida familiar mencionada casi de pasada—, y de ese contraste sale el tono de la novela: ligero en la superficie, más hondo por debajo.
La historia no oculta el deseo. Hay escenas sexuales explícitas, escritas con humor y sin solemnidad, en las que la iniciativa suele ser femenina y los límites personales se enuncian en voz alta. Alrededor de ellas se despliega lo demás: la ilusión y la decepción, los episodios cómicos, el pretendiente pesado del que hay que huir a los jardines, la sospecha ante una desconocida de vestido rojo.
Dentro de esa burbuja compartida, las tres amigas terminarán tomando decisiones que ninguna había planeado y que, sin embargo, marcarán el rumbo de sus vidas. Una novela sobre el amor que dura y el que arde, y sobre la amistad como el lugar al que siempre se vuelve a contarlo todo.
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