En un muelle mediterráneo aplastado por la canícula, el capitán de un viejo granelero llamado Caribdis recibe una orden que no admite discusión: o sube a bordo a doce personas indocumentadas o su barco no vuelve a zarpar.
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En un muelle mediterráneo aplastado por la canícula, el capitán de un viejo granelero llamado Caribdis recibe una orden que no admite discusión: o sube a bordo a doce personas indocumentadas o su barco no vuelve a zarpar. A partir de ese pulso entre un inspector con prisas y un marino que se aferra a su rosario griego, «Caribdis. En mar de nadie» despliega una novela coral sobre las vidas que el mar arrastra y la burocracia borra. Inés Martínez Ribas alterna las voces del capitán, del cocinero filipino, de la armadora que gobierna la naviera desde un rascacielos y del estibador que no logra olvidar los siete cadáveres que un día emergieron del grano, para contar quién paga el precio de que la mercancía llegue a puerto.
Dos jóvenes argelinos aparecen escondidos en el pañol de proa de un granelero que hace la línea pendular entre Argel y la costa española. Es un incidente rutinario, casi previsto por los carteles disuasorios pegados en las puertas del buque, y el capitán —al que todos llaman el Viejo— sabe cómo resolverlo: los polizones llevan documentación, así que volverán por donde vinieron. Lo que no está previsto es lo que ocurre cuarenta y ocho horas después, cuando un furgón blindado se detiene frente al Caribdis y un inspector de policía exige que otras doce personas, más aseadas y de más edad que las dos primeras, suban por la pasarela. La orden se repite como una letanía bajo el sol: o suben o tu barco no sale.
De ese chantaje administrativo nace una novela construida por acumulación de voces. Cada capítulo cede la palabra a alguien que orbita alrededor del buque, y cada relato desplaza ligeramente el sentido del anterior. Está el capitán griego, que juega a ganar tiempo mientras espera a una abogada que llega en moto. Está el cocinero de Zamboanga, que entiende los insultos en español gracias a sus abuelos y guarda un secreto que le hace temblar cada vez que se abre la puerta del camarote de estribor. Está la armadora, heredera de una saga de pescadores convertida en imperio del transporte rodado, que discute con su hija sobre banderas de conveniencia y doble contratación mientras da instrucciones que nadie querría oír. Y está el estibador que mide su vida en múltiplos de una cifra mágica y que, subido a la cabina de una grúa, vuelve una y otra vez a la mañana en que la pala extrajo del grano una mano erguida.
Martínez Ribas escribe desde el oficio del periodismo y el conocimiento de los engranajes institucionales, y ese doble bagaje se nota en la textura del libro: la jerga marinera convive con la prosa seca de las órdenes judiciales, el detalle documental con la digresión lírica, la denuncia con la ternura. Inspirada en un suceso real ocurrido hace más de una década, la novela no busca el alegato sino algo más incómodo: devolver nombre, apellido y biografía a quienes suelen aparecer en los noticiarios como una cifra sin rostro. Fiel a su propia poética —«en un relato sobre el mar nunca debes atar todos los cabos»—, deja jarcia suelta a propósito, confiando en que el lector complete lo que la humedad ha borrado.
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