Una joven regresa a la casa familiar tras un proceso judicial por la desaparición de un niño que cuidaba, y se reencuentra con su abuela, con las voces que habitan los armarios y las camas, y con un pueblo que las señala.
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Una joven regresa a la casa familiar tras un proceso judicial por la desaparición de un niño que cuidaba, y se reencuentra con su abuela, con las voces que habitan los armarios y las camas, y con un pueblo que las señala. La novela combina el relato en primera persona de la nieta con la voz de la abuela, que empieza a desvelar el origen de la maldición doméstica: la figura de un patriarca que, generación tras generación, atrapó a las mujeres de la familia como quien cierra una puerta con llave.
Tras semanas en prisión preventiva, una joven vuelve a la casa de ladrillo y mugre donde se crió, alejada del pueblo y rodeada de sospechas por la desaparición de un niño al que cuidaba. Allí la espera su abuela, guardiana de un ritual doméstico muy particular: encerrar bajo llave las presencias que habitan armarios, camas y alacenas, alimentar el fuego para pedirle favores, y rezar a santas martirizadas mientras los vecinos y los periodistas convierten a las dos mujeres en objeto de morbo y cotilleo. La rutina de la casa —una olla que nunca deja de hervir, estampas de ángeles que en realidad son criaturas monstruosas, gatos que vigilan desde el tejado— se ve interrumpida por la llegada de un hombre del pueblo que busca un favor y que termina pagando una deuda antigua. A partir de ahí, el relato se desdobla: la voz de la nieta, áspera y llena de rencor contenido, da paso a la de la abuela, que empieza a contar la historia del hombre que fundó esa casa y esa maldición, un patriarca nacido en la miseria de las cuevas del monte que aprendió a usar el afecto y la mentira como trampas para atrapar, una tras otra, a varias mujeres. La novela teje así una genealogía de violencia silenciada, superstición campesina y castigo transmitido de madres a hijas, en un pueblo que prefiere señalar a las mujeres de la casa antes que mirar sus propias culpas.