Detrás de la I de Francisco I. Madero no está Indalecio, sino Ignacio: un error repetido durante generaciones que resume lo mucho que se ha distorsionado su figura.
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Detrás de la I de Francisco I. Madero no está Indalecio, sino Ignacio: un error repetido durante generaciones que resume lo mucho que se ha distorsionado su figura. Este libro reúne una introducción de Alejandro Rosas y los ensayos de Rosa Luisa Guerra Vargas y Edgar Rojano para releer al hombre que retó a Porfirio Díaz. Lejos del héroe de bronce, aparece un hacendado lector, espiritista y corresponsal incansable que convirtió la palabra escrita en herramienta política.
La historia oficial fijó a Francisco I. Madero en dos imágenes: el lema «sufragio efectivo, no reelección» y el magnicidio ordenado por Victoriano Huerta. Este volumen propone salir de ese molde. En la introducción, Alejandro Rosas recuerda que hasta su segundo nombre se transmitió mal —Ignacio, no Indalecio— y señala el problema de fondo: la convicción democrática que llevó a Madero a fundar un periódico opositor, a levantar el primer gran partido de oposición y a llegar a la presidencia por el voto fue desterrada por el México posrevolucionario y reducida a retórica hasta que, décadas más tarde, el sufragio volvió a pesar.
Sobre esa premisa, Rosa Luisa Guerra Vargas y Edgar Rojano entregan sendos ensayos que reconstruyen al personaje sin emitir veredicto: ponen las piezas sobre la mesa para que sea el lector quien arme el rompecabezas. La lectura de Guerra Vargas parte de un ángulo poco frecuente en las biografías —qué leyó y qué escribió Madero— y sigue al primogénito de una de las familias más ricas del país por los internados jesuitas de Saltillo y Maryland, por el liceo de Versalles y la escuela de altos estudios comerciales de París, hasta el hallazgo casual de una revista suscrita por su padre que lo introdujo en el espiritismo de Allan Kardec.
De ahí en adelante, el relato muestra cómo una doctrina moldeó una vida entera: el vegetarianismo y la disciplina cotidiana, el interés por la homeopatía, la fundación de un centro de estudios psicológicos en San Pedro de las Colonias y los cuadernos escritos en trance, con sus reprimendas, sus firmas enigmáticas y su insistencia en que leyera historia de México. También la correspondencia: miles de cartas de amor, de negocios, de consejo y de conspiración con las que tejió una red de aliados —hoy diríamos una red social— repartidos por todo el país.
El resultado es un doble retrato: el del ambiente que lo rodeó —el Porfiriato como versión mexicana de una época dorada mundial, la crisis de 1908, el espejismo de las fiestas del Centenario— y el del hombre que decidió apartarse del destino de heredero y hacendado para recorrer el camino incierto de la política. Un microbio, según su propio abuelo, frente a un elefante.
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