A un hombre le quedan seis semanas de vida y decide emplearlas en escribir cuatro nombres en una libreta: las personas a las que cree haber fallado.
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A un hombre le quedan seis semanas de vida y decide emplearlas en escribir cuatro nombres en una libreta: las personas a las que cree haber fallado. Retratista de oficio en un pueblo de las afueras de Bristol, Kenny Drummond emprende una reparación silenciosa que lo devuelve a un intento de secuestro ocurrido diez años atrás, a un matrimonio que se deshizo sin ruido y a una infancia marcada por un padre luminoso y enfermo. Una novela sobre la culpa que nadie más recuerda y sobre lo que significa poner los asuntos en orden cuando ya no queda tiempo para hacerlo bien.
Un martes de julio, después de que una resonancia le ponga fecha aproximada a su vida, Kenny Drummond sale del hospital, se sienta en un banco a mirar pasar autobuses y llama a su exmujer para proponerle un picnic. No le cuenta nada. Esa misma tarde, de vuelta en la antigua casa de guardabosques donde vive rodeado de esqueletos de coches y cuadros a medio terminar, coge una libreta, muerde el extremo del bolígrafo y escribe cuatro nombres. Es la lista de las personas a las que, de algún modo, defraudó. Ha decidido dedicar las semanas que le quedan a corregirlo.
La novela avanza por esa lista con una calma engañosa. Está Mary, con quien estuvo casado y a quien todavía quiere, felizmente rehecha con otro hombre y con dos hijos de los que Kenny es padrino: la deuda con ella es la más antigua y la más difícil de nombrar, porque nadie sabe ya qué se rompió exactamente. Está un tendero que una mañana salió a la calle con un bate de críquet para impedir que se llevaran a un niño, y que pagó aquel gesto con la salud. Está ese niño, hoy un hombre tranquilo que trabaja el vidrio arquitectónico y que, cuando por fin escucha la disculpa, responde con una generosidad que a Kenny le resulta casi insoportable. Y está un cuarto nombre, una compañera de pupitre de finales de los setenta, cuyo recuerdo el libro guarda para el final.
El origen de todo es un episodio breve y ordinario: un hombre en una furgoneta, un chico que baja la mirada, dos o tres segundos de contacto visual. Kenny fue el único testigo adulto y, siendo retratista, no fue capaz de reconstruir la cara del conductor ante la policía. Nunca detuvieron a nadie. La obra convierte ese fallo mínimo —estadísticamente inevitable, según le explican con datos y con amabilidad— en el eje moral de una vida entera, y se pregunta por qué hay culpas que no ceden ante ningún argumento razonable.
El retrato de la infancia sostiene el otro extremo del relato. La casa desordenada de Fishponds, el padre alfarero y galés que alternaba semanas de euforia verbal con hundimientos profundos, las excursiones en autobús a museos y ferias, las lecturas en voz alta de mitología artúrica y las nociones de heroísmo que dejaron en un niño al que en el colegio llamaban, sin cariño, «el risueño». De ahí viene la idea que Kenny tiene de lo que uno debe hacer cuando ve algo mal; de ahí viene también la certeza de no haber estado a la altura.
Alrededor de él se mueven personajes que perciben que algo pasa y chocan con su costumbre de decir que todo va bien: Mary, que llama sin obtener respuesta y acaba desenterrando una vieja agenda telefónica; Stever, el amigo de otra época convertido en marido de ella; una inspectora de policía que fuma demasiado y recuerda casos que nadie cerró. Sus conversaciones, escritas casi por completo en diálogo seco y cotidiano, van dibujando el hueco que Kenny deja al callarse.
Escrita con frases breves, atención al detalle doméstico y un humor discreto que aparece justo antes de que la emoción se desborde, esta es una historia de expiación sin épica: reparaciones pequeñas, encuentros incómodos, gestos que llegan tarde y que aun así importan. Su pregunta central no es si Kenny puede tachar los cuatro nombres, sino qué queda de una persona cuando lo único que puede ofrecer es el intento.