En una Nochevieja tejana, un encuentro entre dos desconocidos que no creen en el amor deriva en una noche compartida y, meses después, en un embarazo inesperado que lo cambia todo.
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En una Nochevieja tejana, un encuentro entre dos desconocidos que no creen en el amor deriva en una noche compartida y, meses después, en un embarazo inesperado que lo cambia todo.
La novela arranca la última noche del año en Casa Paloma, un hotel elegante de Red Rock, Texas, donde una fiesta multitudinaria celebra la llegada del Año Nuevo. Entre los invitados está Natalia Serrano —Lia para los suyos—, veinticinco años, contable de profesión y artesana de abalorios por vocación, que asiste al evento sin ganas y con unos zapatos de segunda mano dos tallas más pequeños. Le duele la cabeza, sus amigas se han dispersado por la pista de baile y hace apenas un mes ha roto con David, el novio que sostuvo durante casi un año una doble vida hecha de ausencias y mentiras cada vez más elaboradas. Antes de marcharse, cruza la mirada con un hombre de esmoquin impecable y ojos muy azules, y cree reconocer en él algo que no esperaba encontrar en una sala llena de gente: soledad.
El reencuentro ocurre fuera, en los jardines desiertos del hotel, sobre un banco de hierro forjado. Él se presenta solo como Shane, sin apellido; ella responde con Lia, sin apellido tampoco. La conversación, que empieza con la ironía de unos Manolos comprados de rebaja y un perfume que todos los ex asocian a sus madres, se desliza pronto hacia terreno más hondo: si el amor existe, si se puede querer a quien no se puede creer. Ninguno de los dos defiende el sí. Los dos han sido engañados. Esa coincidencia —más que la atracción evidente— es lo que los mantiene sentados en el frío hasta que él le ofrece su chaqueta y, después, algo más.
La segunda parte del encuentro transcurre en la suite del último piso: la chimenea encendida, el champán, los aperitivos, un balcón desde el que ver los fuegos artificiales. Lia entra decidida a marcharse y se queda; pone reglas y las revisa; pide conversación y recibe preguntas que nadie le había hecho antes, sobre su infancia sin padre, sobre el hermano protector que la desvió de Bellas Artes hacia Empresariales, sobre el negocio artesanal que aún no se atreve a llamar negocio. Él escucha con un interés que no parece calculado, aunque de sí mismo apenas suelta el nombre de una ciudad. Lo que sigue es una decisión tomada con los ojos abiertos y sin promesas: dos adultos que se dicen no buscar nada serio.
La mañana del uno de enero deshace la ilusión con eficacia. Shane atiende una llamada tensa que no explica, anuncia que se marcha de Red Rock sin saber cuándo volverá, y Lia se va antes de que la despedida termine de formularse, aferrada a la dignidad que le queda y sin haber preguntado nunca su apellido.
Cuatro meses después, a finales de abril, la historia la encuentra frente a un club nocturno a medio construir en las afueras de la ciudad. Lia ha perdido su empleo, los ahorros menguan, y bajo un vestido deliberadamente amplio esconde un embarazo que no había planeado: la píldora, un antibiótico para una sinusitis persistente y un preservativo no bastaron. Ha dado la noticia a su madre por teléfono, desde la distancia, y ha oído la decepción al otro lado de la línea. Ahora necesita un trabajo, un plan y valor —y arrastra, sin saberlo aún, la pregunta de quién era realmente el hombre de los ojos azules.
Escrita en tercera persona pegada a la mirada de Lia, la novela combina comedia romántica de réplica rápida —los diálogos del jardín son su mejor carta— con un retrato bastante honesto de la asimetría económica entre los protagonistas: los zapatos de saldo frente al esmoquin a medida, el apartamento con cama plegable frente a la suite con jacuzzi. El tono es cálido y sensual, sin renunciar a mostrar la vulnerabilidad de una mujer que ya fue engañada una vez y que tendrá que decidir cuánto arriesgar la segunda.
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