Dos amigas españolas despiertan en un valle de las Highlands sin recordar cómo llegaron allí, y el rescate de un niño amordazado en el bosque las enfrenta a una realidad que no encaja con el siglo que dejaron atrás.
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Dos amigas españolas despiertan en un valle de las Highlands sin recordar cómo llegaron allí, y el rescate de un niño amordazado en el bosque las enfrenta a una realidad que no encaja con el siglo que dejaron atrás.
Elena recupera la consciencia bajo un roble solitario, con la garganta seca, el cuerpo dolorido y la memoria hecha jirones. A su alrededor solo hay montañas agrestes, un río que se pierde entre pinos y un silencio sin huella humana. A pocos metros yace Alicia, desmayada pero ilesa. Cuando ambas logran ordenar sus recuerdos, reconstruyen la última noche: una cena en el castillo de Eilean Donan durante una excursión organizada por las Highlands, el regreso en autobús hacia Fort William entre relámpagos, un frenazo brusco, una luz cegadora y después una oscuridad total, la sensación de caer por un pozo sin fondo.
La explicación razonable —un accidente, una amnesia postraumática, un pueblo cercano donde alguien podrá aclararlo todo— se sostiene apenas unas horas. Caminando por el bosque, los gritos ahogados de un niño las conducen hasta una escena imposible: un muchacho de seis años atado a un árbol, una anciana herida y sangrando en la tierra, y dos highlanders corpulentos con kilts andrajosos y espadas al cinto, con los caballos atados a un tronco. No hay equipo de rodaje ni explicación cómoda. Elena, cinturón negro en varias artes marciales, decide intervenir pese al evidente desequilibrio de fuerzas; Alicia, más prudente, acepta a regañadientes un plan que depende por completo del factor sorpresa.
El enfrentamiento no sale como esperaban. Elena derriba a uno de los hombres, pero el segundo la domina y está a punto de estrangularla; quien resuelve la situación, con una espada que apenas puede levantar, es el propio niño. El gesto abre una grieta entre lo que las dos mujeres creen y lo que están viendo. El muchacho dice llamarse Kenneth Mackenzie, habla un inglés extraño y explica que viven en Kintail, a media jornada de camino. No sabe qué es un hospital: a los heridos los cose Gertie, la cocinera del castillo. Su padre, dice, es el laird, y él mismo juzgaría y ejecutaría al prisionero sin contemplaciones.
Cada respuesta desmonta una hipótesis. Elena ensaya teorías —una región aislada, una comunidad al margen de la tecnología— y todas se derrumban ante el detalle siguiente. Con la abuela del niño malherida, atada a una camilla improvisada, y los caballos de los secuestradores por única montura, las tres emprenden un viaje hacia un castillo que no figura en ningún mapa que conozcan, bordeando el lago Duich sin hallar una sola carretera, un letrero ni una señal de que alguien haya pasado por allí.
Construida sobre un armazón de hechos y personajes históricos que la autora documenta al final del libro, la novela combina el vértigo del desplazamiento temporal con la tensión física de la supervivencia. Su motor no es solo el enigma de cómo llegaron hasta allí, sino la pregunta ética que atraviesa cada decisión: qué se debe a un desconocido cuando las reglas que uno traía —la policía, los hospitales, la ley— han dejado de existir.