Una exploración magistral de la vida de Al Capone, desde su infancia en los barrios de inmigrantes italianos de Brooklyn hasta su consolidación como el criminal más poderoso de Chicago.
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Una exploración magistral de la vida de Al Capone, desde su infancia en los barrios de inmigrantes italianos de Brooklyn hasta su consolidación como el criminal más poderoso de Chicago. La obra retrata al hombre detrás del mito: su ascenso meteórico, su control absoluto sobre la ciudad durante la Prohibición, y los actos de brutal violencia que marcaron su imperio criminal.
La obra presenta una biografía de Alphonse Gabriel Capone, el criminal más emblemático del siglo veinte estadounidense. El relato comienza en 1928 con un encuentro crítico: Frank Loesch, presidente de la Comisión del Crimen de Chicago, acude al Hotel Lexington para negociar directamente con Capone. A los setenta y cinco años, Loesch se ve forzado a buscar ayuda en el mismo hombre que debería combatir, ilustrando la corrupción sistémica que había infiltrado todas las instituciones de la ciudad. El texto describe con precisión la suite de Capone en el Lexington: su lujo desorbitado, el minucioso sistema de seguridad y la personalidad dominante del gángster. Capone controla un imperio criminal que abarca cervecerías, destilerías, tabernas clandestinas, casas de juego, hipódromos y burdeles, generando ingresos anuales en cientos de millones. Su ejército de entre setecientos y mil criminales, junto con la corrupción de la policía y autoridades municipales, le permite ejercer un poder que trasciende lo meramente criminal. El relato incluye un episodio perturbador de violencia brutal: una cena en el Hawthorne Inn donde Capone ejecuta a tres sicilianos —Scalise, Anselmi y Giunta— mediante golpes de bate de béisbol, siguiendo una antigua tradición de hospitalidad antes de la ejecución. La segunda mitad examina los orígenes de Capone en Brooklyn, donde su padre Gabriel emigró en 1893 desde Nápoles. El texto documenta las penalidades de la inmigración italiana: discriminación sistemática, empleos miserables y viviendas insalubres. Aunque los italianos constituían el once por ciento de la población inmigrante, solo generaban el siete por ciento de la criminalidad adulta y juvenil, contradiciendo los mitos raciales de la época.